La Mano del Diez
LA UNA PARA EL OTRO
(la pelota y Diego)
Una también tiene sentimientos...Una no es simplemente una esfera de cuero.
Aunque en realidad, decir de cuero, hoy en día, ya es una apelación a la
nostalgia. Porque el plástico, el poliuretano, y todas esas porquerías que han
ido apareciendo, desplazaron a aquel lejano cuero marrón, cosido con hilo, que
rodara por los potreros y los estadios del mundo, relegándolo a un recuerdo...Pero
el alma sigue siendo la misma, con o sin cámara. Sí, porque una pelota de fútbol
también tiene alma, sí señor...
Cómo no tenerla...Cómo no experimentar distintas sensaciones siendo la principal
protagonista de un deporte que pone a la emoción por encima de todo. Cómo no
sentir si una es objeto de tratos tan finos, artesanales y hasta artísticos por
un instante, y al segundo -que digo al segundo, a la décima siguiente-, es el
blanco de un puntazo, de un revoleo o de una pifia...Una no es de piedra, aunque
para algunos animales de pantalón corto y botines no vendría nada mal
convertirse de repente en una esfera de hormigón. Sería un buen castigo para los
torpes...
Una se somete a los mismos vaivenes de pasión a los que se somete la gente,
obedeciendo los destinos que los jugadores eligen, o que aleatoriamente nos
asigna la providencia. Pero carecer de voluntad no significa carecer de
sentimientos. Más de una vez, alguna de nosotras fue a terminar llorando entre
piolines, consumando una victoria injusta o frustrando las ilusiones de los más
débiles. Pero el fútbol es así, también para nosotras. Aunque esa no es
precisamente mi historia...
La historia de una pelota de fútbol...¿Acaso alguien se puso a pensar alguna vez
los avatares que sufre en su existencia una pelota de fútbol?.¿Alguno cree que
es sencillo el asunto?. Desde que empieza el partido, patada para acá, pelotazo
para adelante, rechazo de un lado, cabezazo del otro, que saque de banda, que
corner, que tiro libre, que puñetazo del arquero, y que la mar en coche...Menos
mal que cada tanto la agarra uno que sabe, y la pisa, la tiene un ratito, la
acaricia y le da un destino seguro. O aparece un Loco Gatti y la baja suavemente
con una sola mano y la muestra como en bandeja. Y una descansa, se relaja, goza...Pero
al rato, pum...de nuevo para arriba. Y ni hablar si te traban: una vez, una
Pintier flamante perdió el conocimiento en la cancha de Boca, después de un
encontronazo entre el Chapa Suñé y Mostaza Merlo. Trabaron, y la pobrecita no
pudo encontrar el rumbo, hasta que la cambiaron en un saque de banda...O por
ejemplo aquel caso de la pelota que reventó en un poste el Tanque Alfredo Hugo
Rojas: nadie hizo un minuto de silencio por la pelota..La cambiaron y listo...Y
así tantas historias...
Cada pelota es una historia...Están las que no pasan de los tristes peloteos de
entrenamiento, las que se desinflan antes y no alcanzan a vivir su ratito de
gloria, las que van a parar a la tribuna y terminan en picados de barrabravas,
las que se llevan los árbitros, las que se regalan con las firmas de los
jugadores, y las que se apolillan tristemente en los estantes de las utilerías,
esperando ser recompuestas algún día. No sé si lo dije, pero esa no es mi
historia, por suerte. Ninguna de esas...
Como tampoco es igual a la de aquellas pelotas que ni siquiera llegan al fútbol
profesional, y se van consumiendo en los baldíos, los potreros, los huecos, los
campeonatos de barrio, y ahora en las alfombras de fútbol cinco. Aunque en esos
casos, también están los que nos tratan bien, y los que nos sacuden sin piedad.
Porque la esencia de la pelota es la misma, sea en Wembley o en el último baldío,
sea en la Champions League o en el más humilde torneo de barrio, sea una
Tricolore flamante o una de media rellena con trapos...
La esencia es la misma, es la esencia del fútbol. La esencia de la pelota ES el
fútbol. Desde sus principios. Porque con el correr de los años podrán haber
variado las reglas, podrán haberse modificado las tácticas, podrá haberse
magnificado el fenómeno del fútbol como negocio, y hasta se habrá fomentado este
bendito deporte en países no tradicionales, e inclusive en el sexo opuesto; pero
la esencia siempre estuvo, está y estará en la pelota...
Desde aquella legendaria redonda con tiento que soñaba ser acariciada por el
Nolo Ferreira, o que ansiaba su ratito de gloria en los pies de Cañoncito
Varallo, o que aunque más no fuera esperaba ser abrazada, después de un corner,
por Fernando Bello...pasando por aquella esfera sin válvula que idearon los
cordobeses Tossolini, Polo y Valbonesi, y que hiciera su aparición mundialista
en 1938, en territorio francés...Después se empezó a experimentar con plástico,
se cambiaron las formas de los gajos, apareció el naranja inmortalizado en
aquellas pelotas que no había manera de sacarle a Garrincha, y que empezaron a
ser el juguete perfecto para los malabarismos de un garoto nacido en Tres
Corazones, Estado de Minas Gerais, Brasil...Hasta amarillas aparecimos, como
aquella que aún nadie puede certificar si pasó o no la línea de gol, impulsada
por Geoffroy Hurst en la final Inglaterra - Alemania del Mundial 1966. Quién
sabe si esa pobre pelota no sentía la impotencia de haber perpetrado una
victoria ilegítima de los organizadores de la Copa...
Colores, modelos, materiales...Todo podía variar, modificarse, modernizarse...
Pero el alma del fútbol seguía siendo la pelota, y viceversa. Se jugara con la
pelota que se jugara y se la denominara como se la denominara, pasando en la
imaginación de los relatores radiales por el nombre de balón, esférico, globa,
cuero, bocha, redonda, o como fuere. Hasta distintas marcas aparecieron, y una
siguió siendo, en esencia, lo mismo. Como la "dálmata" de 1970, que recibió el
nombre de Telstar y estrenó los gajos poligonales blancos y negros...Si la
habrán mareado los muchachos de la verde amarelha...
Hasta que aparecieron las historias de los pueblos, sus distintas civilizaciones,
y hasta la música reflejadas en simples pelotas de fútbol: así llegaron la
Tango, la Questra, el Etrusco...Todos inventos de las multinacionales que a
través del televisor se convertían en sueños de los pibes, que juntaban entre
todos para jerarquizar el baldío con el brillo de esas esferas relucientes que
por un ratito los hacían sentir en Wembley, en el Maracaná o en el Monumental.
La magia del fútbol pasó, pasa y pasará por la pelota. Porque los colores de una
camiseta son muy fuertes, generan mucha pasión, pero dividen: la pelota, no.
Raro destino el nuestro. Alrededor de un simple objeto gira el mundo del fútbol.
Cuántas ilusiones, cuántos sueños, cuántas expectativas puestas en ese objeto. Y
cuántas alegrías o tristezas se desencadenan por el destino que los jugadores de
fútbol pueden o no propinarnos. Somos como el vehículo que conduce a la tragedia
y la comedia en el teatro, con la diferencia que una pelota genera las dos cosas
simultáneamente: un gol es alegría y es tristeza; un caño es gozo y es vergüenza;
una atajada es alivio y es frustración...
Pero estábamos en mi historia. Una historia que no resulta una más entre tantas
historias de pelotas de fútbol. Una historia que se recorta del resto por aquel
instante sublime, aquel momento glorioso, aquel soplo de fantasía que se
eternizaría por siempre en un mediodía mexicano. Como si el destino hubiera
elegido México para que el cielo estuviera más cerca de la tierra, y así los
dioses del fútbol pudieran supervisar mejor aquella obra del enviado...
El partido transcurría para mí, entre largos pelotazos detonados por forzudos
defensores ingleses, rechazos expeditivos de disciplinados zagueros argentinos,
centros de todo tipo y especie cruzados de manera mecánica por laterales
obedientes, intercalados por algún que otro toqueteo lateralizado. Toda esa
monotonía táctica se rompía de golpe, cada vez que caía en poder de un morocho
zurdito, de fintas y quiebres impredecibles, que sacaba la lengüita de vez en
cuando, como burlándose de aquellos que no podían quitarme de sus pies de
ninguna forma...
Yo rogaba caerle a ese zurdito, imploraba zafar del calor del mediodía y del
frío de los torpes británicos, para aterrizar en el empeine izquierdo de ese
criollo distinto. Era como pasar de los latigazos impiadosos de un domador de
leones, al pincel mágico de un artista plástico...
Un rato antes, tan sólo 5 minutos antes, ese mismo morocho zurdito de aspecto
rebelde me había sorprendido con un puñetazo -también izquierdo- para ganarle en
el salto al arquero inglés. Pero no me costó comprender que se trataba de un
procedimiento típico del que llega a los máximos escenarios del fútbol del mundo,
habiendo surgido en los más humildes. Porque ese puñetazo que me dio en el
Azteca, era propio de un potrero, era propio de Fiorito, su cuna en la vida y en
el fútbol. Además, estaba de por medio una cuestión emblemática: de alguna
manera representaba el puño izquierdo de la rebeldía ganándole la pulseada al
puño derecho del imperialismo. Aunque sea por una vez...Así y todo, ese puñetazo,
viniendo de él, no dejaba de ser una caricia...
A los 10 del segundo tiempo, cerca de una extraña sombra que se proyectaba sobre
el verde en el centro del Azteca, caí de nuevo en la paleta multicolor de ese
pintor del fútbol que me guió -a partir de ahí- por ese carrousel de magia y
fantasía que quedaría marcado para siempre en la historia del deporte más
popular de la tierra...
Luego de ser entregada al genio por un fornido mediocampista argentino, y
estando ya bajo el dominio exclusivo y absoluto de su zurda, yo estuve
plenamente convencida que en esa jugada sólo iba a sentir sobre mi geografía el
roce del cuero de su botín izquierdo, el del pasto al rodar por el Azteca, y
finalmente, los piolines de la red. Sentía íntimamente que ningún cuerpo extraño
se cruzaría en el que -a partir de allí-, sería nuestro camino. A lo sumo alguna
gota de sudor de algún británico en el intento estéril de sacarme de la zurda
del morocho...
De entrada fue una gambeta corta y una pisada con ritmo de tango para que los
primeros dolientes no pudieran ni siquiera pellizcarme, y para arrancar bien de
frente al arco de Peter Shilton. A las dos primeras víctimas (Hodge y Beardsley)
se le suma la tercera: Reid, que nos corre con el rostro desencajado por la
impotencia. El cuarto inglés en ridiculizarse ante el mundo entero es Terry
Butcher: amague hacia fuera, quiebre para adentro, y el pobre Butcher que me
echa viento con la derecha y queda mirando para el costado opuesto como el
boxeador exhausto que busca desorientado su rincón después de una paliza. Y yo,
siempre un metro adelante del guante zurdo del morocho de Fiorito. Los rayos
solares que caían de punta sobre el máximo templo futbolístico del Distrito
Federal, proyectaban sombras taurinas, como para acompañar adecuadamente los ¡Olee..!
de los espectadores que estaban en la cancha y de los que lo miraban por
televisión en todo el mundo...
Un tal Fenwick se convierte de pronto en un poste viviente clavado en el manto
verde, merced a un nuevo quiebre del enviado de los dioses...
A mí ya me había puesto en el área, mientras él, elucubraba el amague letal y
definitivo. El único obstáculo que quedaba era el veterano golero Peter Shilton...
El morocho levanta la vista, en tanto sus piernas dibujan un atlético "4", con
la pierna derecha flexionada y la izquierda apoyada, haciendo un brevísimo doble
paso con su pierna hábil. En ese minúsculo instante de la sutileza, se
desencadena el mayúsculo porrazo de la impotencia. Shilton se desparrama en el
suelo y queda como dorándose al sol en las cercanas playas de Acapulco. Pero
está en el Azteca, y el tono rojizo de su cara, es por la vergüenza que le ha
hecho pasar este argentino genial, y no por efecto del impiadoso sol del
mediodía...
Terry Butcher viene de atrás tratando de evitar lo inevitable, y Gary Stevens,
número 2 inglés, se transforma en el más cercano espectador del toque
culminante. Los esfuerzos desesperados de Butcher y Shilton no alcanzan. El
talento inigualable del morocho no permitía ese día ninguna interrupción.
El último toque me significó una despedida. Entré en el arco impulsada de una
forma que alguno podría calificar de desprolija, si tomara en abstracto ese
último cuadro de la serie genial. Porque urgido por el embiste final de los
desesperados ingleses, el zurdo me despidió casi de punta, como se patean los
penales sin carrera en cancha chica. Pero la obra debe juzgarse en su todo, y
esta obra fue eso: TODO. Todo el talento, todo el arte, todo el fútbol...
Desde el destino final de la red, y antes que algún avergonzado inglés me
extrajera de allí, y me revoleara para la mitad de la cancha devolviéndome a las
limitaciones de los otros 21, lo miré al zurdo y lo vi gritar y festejar como
nunca, rumbo a la platea lateral. Y en esa carrera lo vi atravesar toda su
historia como si se metiera en un túnel de imágenes multicolores...Fue entonces
que lo vi cebollita, camiseta roja con dos rayitas blancas, corrido por purretes
que se le trepaban en el abrazo; y lo vi casi adolescente, con la celeste y
blanca, festejando su primera gloria allá en el Oriente; y lo vi ya muchacho con
la azul y amarilla sacudiendo sus rulos y haciendo vibrar a la mitad más uno;
también lo vi blaugrana y lo vi celeste napolitano, abriéndose camino en el
Viejo Mundo, a fuerza de su obtusa magia y su tozuda rebeldía...
Pero estaba de azul, de azul brilloso y con el 10 más exacto que nunca, con el
puño en alto jamás tan victorioso...
Se arrodilló: tal vez para agradecer un momento que íntimamente sentía como el
supremo. Yo, tal como me lo imaginaba, ya andaba de nuevo por el aire rumbo al
círculo central, confinada a algún escarceo más en la mitad de la cancha, a
algún revoleo insensible, y a ser cambiada por otra en un saque de banda, en el
apuro de los ingleses por torcer un destino inmodificable...
Mi historia no era la de cualquier pelota; en verdad no lo fue...
Hoy, a más de 15 años de aquel momento sublime, quisiera volar por el aire como
tantas veces, pero esta vez con un sentido válido: caer en el sur del continente
americano, y reencontrarme de nuevo con la zurda mágica de aquel morocho que me
guió en el mediodía mexicano hacia la obra cumbre del fútbol mundial...
Y una vez a su lado, si pudiera, le diría: "Acá estoy maestro, soy la síntesis
de todas las pelotas que pasaron por tu zurda. Soy la pulpo, soy la de media,
soy la Pintier, soy la Tango, soy la Azteca, soy cualquier cosa redonda o más o
menos con la que vos fuiste feliz e hiciste feliz a los demás. Soy tu pelota de
fútbol. Dejame que me pegue a tu zurda eternamente. Al fin de cuentas, yo, la
pelota, y vos, Diego, nacimos la una para el otro..."
Pablo Javier Rozadilla y Ernesto Antonio Concilio
pablorozadilla@hotmail.com