El artículo “el” diferencia al consiguiente sustantivo de los demás Diegos, éstos sólo tuvieron el orgullo de llamarse como él, nada más (así que todas las personas que se llamen Diego, si aún no lo hicieron, denle las gracias a sus padres), en cambio Pelusa es único. Que no quepa duda de que Diego es único, porque no hay ni va ha haber una persona que pueda igualarlo. Porque cualquier persona ajena o no a este hermoso juego tiene una idea de quién es Diego Armando Maradona, y yo -que me incluyo dentro del grupo de amantes- digo sin ningún lugar a duda que Maradona, fue, es y será el mejor jugador que existió sobre la faz de la tierra. Fue superior a cualquier mortal de este planeta. No se conoció a un hombre que haya hecho dentro de la cancha lo que hizo él. Pensar que algunos osan, se atreven a afirmar que existieron jugadores superiores a él. Yo pregunto ¿Quiénes?, ¿Pelé?; ¡Por favor! Jugó siempre acompañado de monstruos históricos como Vavá (en el centro del ataque, acompañando cada llegada de Garrincha por la raya con sus infalibles goles, sin la capacidad de maniobra de sus dotados colegas de equipo, pero impecable y certero frente a los palos rivales, un goleador que no perdona nunca), Didí (gran estratega, infalible distribuidor de balones, maravilloso colocador de pelota en los espacios vacíos que su genio intuía en el corazón de la defensa adversaria), Garrincha (fenómeno, atacando por la punta derecha y poniendo pases-gol o atacando por adentro y definiendo en forma incontenible, poseedor de una cintura única y gran figura de los Mundiales del ‘58 y ‘62), en el centro del campo y en la defensa, dos hombres de la personalidad y la clase de Nilton Santos (a quien llamaban “La Enciclopedia” por todo lo que sabía), y el infatigable Zito, Tostao (un talento que sólo podía no ser considerado el mejor del mundo en su momento porque existía Pelé), Rivelino (un exquisito dominador del pie izquierdo, un mediocampista creativo que llegaba de atrás al último remate y reventaba la red, un formidable jugador de equipo), Jairzinho (un delantero electrizante, dueño de un dribbling muy difícil de contener porque cambiaba y aceleraba sobre el pie del contrario que salía a marcarlo, goleador del Mundial ‘70 con su facilidad para cruzar el remate al segundo palo), Gerson (un estrartega a la altura de Platini, posiblemente con más personalidad y temperamento, porque había conseguido la subordinción de un genio como Pelé, dotado de una formidable pegada de pie izquierdo, capaz de meter la pelota por el ojo de una aguja), etc. Mientras que Diego lo hizo, sin faltarles el respeto, con Carnevale, Romano, Ferrario, De Napoli, Giordano, Garella, Bruscolotti, o también si contamos integrantes de la Selección campeona ‘86, como Valdano, Burruchaga, Brown, Zelada, Clausen, Almirón, Batista, Olarticoechea, Giusti, Garre, Trobbiani, etc. Hay que remarcar que varios de estos fueron muy buenos jugadores, pero desconocidos internacionalmente por carecer de grandeza histórica como la que tienen los barsileños nombrados anteriormente. Ninguno de los acompañantes de Maradona a lo largo de su carrera alcanza a equiparar esa constelación de monstruos que secundó a Pelé. Hecho evidente que no requiere comprobación. Las pruebas están a la vista, Brasil en el Mundial de Chile ‘62, con un Pelé lesionado en su segundo partido, ganó igual esa Copa. Pese a la ausencia de su astro máximo, porque estaba muy bien parado en la cancha, con la misma estructura y casi los mismo jugadores que habían sido campeones cuatro años antes en Suecia. Y de seguro, Brasil hubiera ganado los mundiales del ‘58 y ‘70 aún sin Pelé, porque sobraban los nombres de jerarquía, pertrechados para resolver esas Copas del Mundo, con o sin su genio. Es claro que con él, todo fue mejor, más seguro, más rotundo y más completo. Comenta Galli: “Diego era determinante en el Napoli. Tenía un buen diálogo futbolístico con la otra estrella del equipo, Careca, y a los menos dotados les permitía lucirse más allá de sus méritos”. En esto la diferencia es enorme, se imaginan los destrozos que hubiera hecho Diego, aunque sea junto con Van Basten, Ruud Gullit y compañía, si hubiera jugado en aquel Milán del ‘89.
El negro terminó su carrera en E.E. U.U., país en el cual todavía se está discutiendo sobre la cuadratura de la pelota, mientras que Diego todavía no puede (ni va a poder) sentirse un exjugador, el Diez desiste de la idea de pensar en dejar a su amor -la pelota, claro está-. ¡Cuánta sabiduría hay en las decisiones de Diego!, se imagina a Romeo abandonando a Julieta, es una de esas cosas que no tienen sentido. Todavía pelea, se niega al monumento. Tiene intacta la pasión, está vivo, pero juega tiempo de descuento. Sin embargo siempre estará en el centro del fútbol argentino. El pasado siempre acaba dando señales de vida. Hoy Diego ya no está con la celeste y blanca. Esa número 10 necesita que haya un monstruo, capaz de inventar la jugada que no existe. De imaginar lo inimaginable. De realizar lo imposible. Y sucede que hoy ya no está. Pero decir que Diego Maradona es un “ex jugador” sería caer en un error. El es “el jugador”. El mejor de todos, el que siempre es capaz de volver. Siempre, con cualquier camiseta, tras largos o cortos períodos de inactividad, a los 35 años cómo a los 50. Diego siempre puede y a esto se le agrega la capacidad que tiene de ponerse en forma en unos pocos días. Si no acuerdense del ‘97 cuando estaba en conflicto con él mismo, cargando 88 kilogramos. Y porque algún timbre muy íntimo encendió las alarmas rojas, Maradona volvió a escapar en dirección del camino que mejor conoce. El que pasa por un vestuario, un túnel y desemboca en una cancha de fútbol. A los 36 años, cerca de los 37, todavía el hombre y el jugador no se habían puesto de acuerdo. Cuándo decirle adiós a lo que mejor sabe y hace. Y mientras dura esa polémica, que ojalá tenga un final feliz, del brazo de su amor propio enorme, es capaz de bajar 11 kilogramos y reaparecer con una imagen digna. Lo demás corre por cuenta de los prodigios de la memoria. Dicen los que saben que Arturo Rubinstein volvía a los Nocturnos de Federico Chopin con el sonido celestial de sus velada más brillantes aun después de no tocarlos por un par de años. Estaban computarizados en sus manos. Y en su corazón que amaba al genial compositor. Con el fútbol pasa lo mismo. Siempre hay deportistas que desde el presente desafían a la historia, buscando ser el mejor de todos los tiempos. A Maradona no le bastó romper marcas, derrotar rivales, ganar cantidades industriales de partidos y docenas de campeonatos. En esta vorágine que crea y destruye estrellas en segundos, hace falta algo más... Demostrar la virtud sobrehumana de volver a vivir después de un golpe casi mortal. Porque nunca se conforma, siempre quiere más. Los hombres vulgares están siempre satisfechos de sí mismos. Dan por buenos sus gustos, preferencias y opiniones, sin reflexionar demasiado. No se exigen nada, no se remiten a instancias superiores, se conforman con lo que buenamente encuentran en su cabeza y están encantados de ser como son. Por el contrario, los hombres excelentes viven exigiéndose. No le encuentran sabor a la vida si no la ponen al servicio de una empresa superior o trascendente. Estos hombres desestiman lo que no les cuesta esfuerzo y sólo aceptan como digno de ellos lo que aún está por encima y les reclama un estirón para alcanzarlo. Ésta es la vida como disciplina: la vida noble. Por eso Diego se puso de pie y volvió varias veces. Para gastar la pelota cuando juega. Estuvo de nuevo, para ser Maradona quien decida sobre Maradona. Tiene que ser su mano la que escriba el final de la historia como deportista. Siempre volvió para demostrar que es algo más que grande. Siempre volvió. Y mucho más a Boca, el gran amor de su vida. ¿Milagro?... ¿Resurrección?... Puede ser, pero lo único seguro es que siempre vuelve porque lo impulsa su pasión. Ya sea por los colores o por el fútbol, pero la pasión de Diego sigue viva... tan viva como en las épocas de Fiorito. Volvió y siguió metiendo goles, deslumbrando con chilenas, caños, tacos... pero eso es lo de menos. Lo de más (y no lo demás) es que el artista sintió de nuevo bajo su suela las tablas de su escenario preferido. Y que el publico volvió a bailar y cantar con la melodía de su talento. Ya no hay espacio para el asombro, la puerta queda abierta y el camino es la esperanza. Está claro que Maradona siempre vuelve, vaya uno a saber por qué. Quizás el mismo tenga la respuesta: “Siempre soñé, siempre soñé... Y voy a ser un soñador hasta que me muera”.
Pelé nunca jugó en un fútbol tan competitivo como el italiano, se remitió al fútbol brasileño, nunca jugó en campeonatos de mayor nivel como si son los europeos; en cambio si lo hizieron los otros grandes como Di Stéfano, Cruyff, etc. Mientras Maradona no sólo lo hizo, si no que alcanzó un muy excelente rendimiento en un fútbol mucho más profesionalizado que el de los tiempos de Pelé. Un fútbol distinto. Que en el fútbol moderno se marca muchísimo más que en el de hace treinta años, nadie tiene dudas. Que esas persecuciones han arruinado espectáculos y destruido a muchos habilidosos, tampoco. Y que nadie ha sufrido las marcaciones violentas y desleales, menos. Ese es, justamente, un punto a favor de Diego en comparación con cualquier otra estrella del pasado. Ningún otro jugador ha hecho las proezas de Diego con marcas tan severas. En cualquier cancha del mundo padeció el mismo mal. Y formaron parte de su carrera. Jugaron en épocas muy diferentes. Pelé tuvo menos asedio, jugó más tranquilo, mientras que Diego debió soportar un clima mucho más hostil y tuvo que luchar contra ese factor extrafutbolístico que es muy desgastante. Es cierto que PelŽ preparado para el fœtbol de hoy -entrenando con computadoras, cintas y gimnasios, etc.- también desequilibraría, pero no le hubiera resultado tan fácil lograr todo lo que logró. Pero, a lo que quiero llegar, es que Maradona fue el mejor de todos y se lo considera mejor que Pelé en estos últimos tiempos con todas las dificultades ya mencionadas. En la década del ´60, por ejemplo, se hubiera hecho un festín y hubiera descollado notablemente, despejando todas las dudas. Es un factor interesante, para analizar pero nunca se sabrá lo que hubiera pasado realmente, la única forma para demostrar quien fue mejor es que hubieran jugado en el mismo tiempo. Lamentablemente, no puede ser y Maradona seguirá siendo el rey para los que sabemos de fútbol, razonamos con lógica y no somos hipócritas. Pero en eso, indudablemente, anótele un poroto más al Diez.
Cómo si esto fuera poco es evidente la envidia que siente Etzon Arantes hacia el Diez. Cada vez que puede, habla mal de él; además el hace política lo que lo transforma en un farsante -es un “careta”, habla para quedar bien sin realmente creer lo que dice-. Sin ir más lejos, en la última elección de presidente de la FIFA hizo campaña con Johanson, y después cuando asumió Blatter se sentó en su misma mesa. Y así, hay mil ejemplos, y lo sabe todo el mundo, él habla para quedar bien, para mantener limpia su imagen. Ya es hora de reflexionar, hay que darse cuenta que el río siempre es río, aunque esté pegado al mar. Pelé habla bien o habla mal siempre por conveniencia. Como dijo Nicolás Maquiavelo “todos ven lo que tú aparentas; pocos advierten lo que eres”. Va a ser hipócrita hasta que se muera. A continuación, uno de los más claros casos de celos de Pelé: hace un año aproximadamente, la FIFA lanzó el Hall de los Campeones que reúne a todos los jugadores que marcaron la historia del fútbol. Sucede que Pelé se ha negado a que Maradona figure en dicha galería de futbolistas excepcionales porque, según dice, “la conducta fuera de la cancha es también muy importante”. ¿Quién es Pelé, aparte de lo que significó dentro de los campos de juego, para negar la presencia de alguien como Maradona, que fue capaz de brindar tanto espectáculo, desparramar tanta alegría y de absorver tanta violencia adversaria sin reaccionar dentro del rectángulo verde de la cancha? ¿Acaso alguien va a impedir que el maravilloso Garrincha -un preparador genial que tuvo mucho que ver en la consagración juvenil de Pelé- figure en el Hall de los Campeones de la FIFA? ¿Alguien lo cuestionará porque Garrincha abandonó a la mujer con la que tuvo ocho hijas para irse a vivir con una cantante o si pasó gran parte de su vida borracho? ¿Alguien le negará al formidable Gerd Müller que figure en esa Sala por la cantidad de hectolitros de cerveza y vino ingeridos, que lo convirtieron en un alcohólico y lo tiraron una noche, sucio y barbudo, en una calle de Munich? No sería justamente Pelé, hombre de represalias en su carrera deportiva -tiene cuatro contrarios quebrados en su haber personal- el más indicado para dictarle normas de fair play a Maradona dentro o fuera de la cancha. Pelé fue un extraordinario futbolista. Quiero recordarlo así. No como un censor rencoroso, vengativo y celoso de la gloria ajena. ¿Quién se cree que es? ¿el dueño de la pelota? No, Pelé, no, esas cosas no se hacen. Hay que recordarte que él fue más genio de la redonda que vos y si hay alguien que merezca estar ahí más que nadie es, precisamente, Maradona. Pero ya saben lo que dijo Marco Aurelio, “el mejor modo de vengar la injuria es no parcerte al que te la infirió”, y si hay algo distinto a Pelé ese es Maradona (la vida y el fútbol los separaron prolijamente para evitar que se encontraran: Diego llegó al fútbol en 1976, Edson Arantes se fue del fútbol en 1977. Jamás se encontraron, salvo para fotos de compromiso o gestiones inconclusas, porque algo más los separa. Maradona vive enfrentado al poder; Pelé, adicto al mundo de los negocios y las Relaciones Públicas, vive abrazado al poder). Por eso, Diego, no te hagas mala sangre con éste, sabé que un león nunca combate una hormiga; prefiere ignorarla. Diego nunca tuvo cuidado para decir lo que piensa, por algo se llenó de tantos enemigos. Nunca fue hipócrita, excepto en la humildad que tiene; como dijo alguien alguna vez “la modestia en el hombre de talento es cosa honesta; en los grandes genios, es hipocresía” -hipocresía, pero de la buena, que hace bien, además se necesita de ésta, como dijo José Naroski, “en los hombres superiores la modestia no es un mérito. Es una necesidad”-. En cambio Pelé se cree superior, se piensa que los demás son menos que él. Hace poco “O Rei Pelé”, con la modestia como estandarte, confesó que cree que nadie igualará sus hazañas en lo que resta del siglo. “En este siglo, ya nadie me alcanza”, dijo Pelé, y agregó que no sólo hablaba de fútbol, sino que abarcaba todos los deportes. Para terminar, Pelé dijo que está dispuesto a “recibir en vida todos los homenajes”. Sólo le faltó agregar que es buen tipo, ayuda a cieguitos a cruzar la calle y se lava los dientes todas las noches. Cuando Maradona conoció a Pelé en los fines de la década del ´70, Pelé le aconsejó: “Nunca hagas caso cuando te digan que sos el mejor. Debes pensar siempre que no sos el mejor. El día que te sientas el mejor dejarás de serlo para siempre”. Pelé no sólo se siente el mejor, sino que no tiene pudor al decirlo. ¡Ay Pelé!, según tu propio pensamiento, vos no sos el mejor. Cierta vez se dijo “quien de alguna cosa se admira de ignorante se acredita”, entonces Pelé es un ignorante. Hay que bajarlo a la realidad, ¿quién se piensa que es?, tendría que hacerle caso a Antonio Machado cuando dijo, “huid de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo, porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura”, ¡que este muchacho baje de las nubes por favor!. Esas cosas me molestan es por eso que perdóneme la grosería: “andá a la p... que te parió Pelé”.
A Pelé es al único que lo nombro porque a pesar de que estuvo y estará varios escalones más abajo de Diego, fue un gran jugador. Con los demás es inútil ponerme a discutir porque estos están un Aconcagua más abajo, el único que podría estar un poco más arriba es el holandés Johan Cruyff o Alfredo Di Stéfano. Entonces, en estos casos se hace difícil debatir, porque se ha comprobado que uno tiene el 100% de la razón, a partir de ese momento la cuestión pasa por la necedad y el orgullo del que no quiere cambiar de postura. Y recuerden lo que dijo Cicerón “La necedad es la madre de todos los males”. Quizás exista un par de jugadores que se le puedan comparar en cuanto a eficacia pero nadie en cuanto al talento y a la magia. Y pensar que hace poco algunos osaron compararlo con Ronaldo, ¡oh! perdona Majestad a ciertos ignorantes ante semejante atrocidad, ¡no saben lo que dicen!. Más allá de algunas coincidencias extra-futbolísticas, el brasileño no es ni la mitad de Maradona. Las diferencias más importantes -las más grandes- pasan por los pies de uno y otro. Ronaldo es tan capaz de definir un partido en dos apariciones como no tocar la pelota durante el resto de los noventa minutos. En cambio, al Diego es imposible recordarlo sin la pelota en los pies. En Argentinos, en Boca o en cualquier equipo, el juego del equipo siempre pasaba por él. Hoy, la hinchada del Inter llena el estadio Giuseppe Meazza de Milán del mismo modo en que lo hizo siempre, y disfruta de tener entre los integrantes de su equipo al mejor jugador del mundo. Durante la carrera de Diego, la gente de Boca, la de Argentinos y la de cualquier otro equipo, llenaba los estadios simplemente por ver a Maradona.
Dirán que Pelé tuvo una carrera más regular y que Diego tardó un poco más en llegar a su pico de rendimiento. Eso no tiene absolutamente nada que ver. ¿Acaso Michael Jordan no tardó 7 años en ganar un título de la N.B.A.? ¿No fue el mejor indiscutido y su nombre recorrió todos los lugares de la Tierra? Que Diego haya tardado un poco más en explotar, no le quita méritos. Porque esa explosión fue tan fuerte que aturdió al mundo entero. También dirán que Pelé dominaba las dos piernas mientras que Diego sólo la izquierda. Eso tampoco tiene nada que ver porque ese supuesto defecto no disminuyó en nada su nivel. Fue el mejor siendo “cojo”. No se notaba para nada que le faltaba la derecha. Fue el jugador que mejor usó la pierna izquierda, le sobraba habilidad, precisión y sensibilidad. Jugó siempre con un solo pie y se sostuvo en una sola pierna: la zurda. Eso en lugar de condicionarlo lo elevó mucho más. Era el doble que los demás y se la jugaba con la mitad. Y agudizaba su ingenio. Como cuando utilizaba la rabona al desbordar por derecha y quedaba obligado a meter el centro desde ahí. No hay derecha. No importa, si la zurda, que es la que sabe todo, también puede cruzarse por detrás de la de palo. Con una sóla pierna hábil se las arregló para quedar en la historia como el más grande. Dirán, también, que Pelé hizo más de mil goles. Pero ¿cuántos hubiera hecho Diego en sus mismas condiciones? (en esos torneos paulistas que hay partidos cada dos por tres). Todos los grandes del fútbol brasilero tienen por lo mínimo 500 goles, Diego en su mismo “habitat” estaría a la altura de las circunstancias ¿Cuántos goles hubiera hecho Pelé en el fútbol europeo y además en un tiempo donde la necesidad de ganar hizo que se perfeccionaran las técnicas futbolísticas, achicando los espacios y reduciendo la posibilidad de lucirse facilmente? Las pruebas están a la vista, Pelé fue goleador 11 veces de los campeonatos paulistas, Maradona en un escaso período y en un fútbol de muy parecida competividad salió 5 veces, ¿que hubiera pasado si Diego se quedaba toda la vida en Boca? No hubiera llegado a los mil goles porque no habría partidos suficientes, pero también habría salido goleador unos cuántos campeonatos. Además alguna vez se hizo una promoción publicitaria acerca de los 1000 goles que había convertido Pelé. Se trató de una campaña burda porque tendía a falsear una estadística que potenciara su figura. ¿Era necesaria tanta publicidad? Por cierto, aquí hay que prestar atención: se computaron hasta los que había señalado en las divisiones inferiores. Y aquí es donde este elemento no se puede tomar para comparar, vaya a saber cuántos goles convirtió Diego en su época de Cebollita, un equipo que fue invencible con una tremenda capacidad goleadora. Dicen los que más saben que ese Dieguito, en esos potreros fueron los mejores de toda su etapa porque no tuvo esos condimentos amargos del profesionalismo, ese Diego jugaba por amor al arte y no debe haber nada más lindo que verlo a Diego jugando porque le gustaba hacerlo (o por el pancho y la coca que es lo mismo). De seguro Maradona también hizo mil goles, pero sólo en su infancia. Además ¿que se juzga para saber quien jugaba mejor?, quien trataba mejor la pelota o quien tuvo más efectividad. Es cierto que no basta con ser hábil, que también hay que demostrarlo. Diego lo demostró y que no tuvo la misma efectividad, otra vez, no tiene nada que ver. La efectividad no depende tan sólo de uno, se da por otros factores, por eso si Maradona hubiera jugado en las mismas condiciones de Pelé, hubiera sido por lo menos igual en ese rubro estadístico. Hay que meterse esto en la cabeza: Diego fue mejor porque nadie puede tener la pierna que tuvo él, nadie pudo, puede ni podrá jugar mejor que Maradona. Por eso es el mejor.
De ese Maradona jugando con otros condimentos que en los partidos del domingo habla Roberto Mouzo, compañero de Diego en Boca y lider histórico del club en cuanto a presencias, centralizando una idea que vale la pena escuchar, porque si el Maradona que conocemos todos fue el mejor, lo que hacía fuera de los partidos definitivamente sí era de otro mundo, porque si hubieramos visto las cosas que hacía cuando jugaba más distendido no quedarían más dudas: “Haber jugado al lado de Diego es un privilegio que le agradezco al destino. Verlo moverse en una cancha era un placer. Y en las prácticas también. A veces pienso que es una lástima que no se hayan filmado sus entrenamientos, porque distendido, sin presiones y embromando con los compañeros, le ví hacer cosas increíbles, malabarismos fenomenales. Desafiaba a todos y no había manera de ganarle. “Mirá como le pego a aquella ramita”, te decía en La Candela. Y el tipo le daba como con la mano y la pelota volaba hasta esa ramita que estaba lejos, bien lejos. ¿Cómo era en la concentración? Divertido, buen pibe, humilde, capaz de quedarse horas charlando de cualquier cosa con un compañero con el que se sintiera cómodo. Y un ganador nato. No quería perder nunca a nada”.
No hay dudas que Diego Maradona fue más privilegiado por Dios que Pelé. Pelé fue un talentoso superior, un genio capaz de sorprender constantemente con la pelota en los pies. La diferencia está en que Diego con la pelota en los pies hacía lo que quería, era algo más que un genio, hacía magia, tenía un dominio, una destreza, una habilidad única e incomparable. Al lado de Maradona todos parecen torpes. Comenta Giusti: “lo que Diego Maradona hacía con la zurda, a los demás nos habría costado hacerlo con la mano. Con eso, creo que digo todo”. También dice Bilardo: “¿Cuáles son las virtudes técnicas de Maradona? Todas. Puede hacer cualquier cosa en cualquier lugar de la cancha. Su dominio de la pelota es tan prodigioso que hasta parece mágico” -teoría que analizaremos más adelante- “Yo le digo que su pie izquierdo tiene un guantre en lugar de un botín. Con pelota parada es implacable. Fuerte al primer palo, de chanfle sobre la barrera, cada tiro libre es gol o le falta muy poco para serlo. Su dribling es imprevisible porque amaga y sale por derecha o izquierda. Además, siendo bajo de estatura, salta muy bien y cabecea mejor. Es fundamental como hombre de punta o como organizador. Es un predestinado. Una de esas personas que llegan al mundo ya marcadas para llenar de felicidad a los demás. Lo presentí desde siempre. Si el fútbol es pasión, mientras lo alimenten jugadores como Maradona será eterno. En cualquier ciudad de la Argentina existen hoy centenares de miles de chicos que sueñan con ser como Diego. Que procuran imitarlo en su forma de jugar, de celebrar los goles. Yo, cada vez que puedo les recomiendo lo mismo: el mejor método para parecerse a Maradona es querer a la pelota como la quiere él, como la quiso siempre. Jueguen con ella el mayo tiempo que puedan. Es el mejor jugador del mundo. Acaso nació para serlo, pero aun así, Diego Armando Maradona ayudó mucho a su destino”. Hasta Paul Gardner, periodista inglés, considerado uno de los mejores escritores de fútbol del mundo, quién tuvo la oportunidad de ver tanto a Pelé como a Maradona comentó sobre Diego: “El me ha dado mucho más placer que ningún otro jugador que yo haya visto en cerca de 50 años de fútbol. He visto a lo largo de mi carrera periodística a otros grandes jugadores, aunque ninguno con esa magia ni ese carisma tan detectable con su sola presencia. Supongo que yo creé mi propio Peter Pan del fútbol y ahora lo he visto destruido. Pero, por supuesto, yo no quiero recordarlo por lo feo. Quiero seguir pensando en él como un genio del fútbol”. “Es un monstruo -sostiene Sergio Batista-, yo lo veo desde atrás, y aunque sé perfectamente todo lo que es capaz de hacer, siempre crea un motivo de asombro. Jugar con él, verlo en acción, es una delicia. Hay que mirarlo en los entrenamientos, lo que inventa es algo increíble. En el intervalo de uno de los partidos de México ‘86, Diego comió un caramelo. Hizo un bollo con el papelito y lo tiró al suelo. Lo pisó, lo levantó, comenzó a hacer jueguito y estuvo así, jugándola en el aire como treinta veces. Es un fenómeno. Respira fútbol por todos los poros...” También dice Valdano: “sólo puedo decir que el fútbol que él hace es algo más que fútbol, los goles son más que goles...” Francescoli también comenta: “si me tuviera que quedar con una sola virtud de Maradona eligiría su pierna izquierda. Es increíble, le pega con tranquilidad, con seguridad, con cualquier perfil, domina la pelota como quiere”. Incluso Tostao afirma que Maradona fue más artista que Pelé. También Macaya Márquez, gran comentarista argentino, opina algo parecido: “Existió una gran diferencia entre ambos: Pelé hacía a la perfección todo lo que estaba escrito en los manuales de fútbol. Diego, en cambio, hacía cosas que no estaban escritas. Diego inventaba sobre la marcha, sorprendía a cada paso. La fantasía que le puso Maradona al fútbol lo transformó en un jugador único, incomparable”. En esta comparación eterna vamos a ver la opinión de Juvenal, quien escribió en El Gráfico después del título de México ‘86, “Maradona fue más para Argentina que Pelé para Brasil”: “(...) Esta Copa del Mundo ha significado la hora cumbre, el momento sublime, la apoteosis de este genio de las canchas que juega para Argentina. Bendito sea México, país sin la historia futbolera de Brasil, del Río de la Plata, de Alemania o Inglaterra, cuna de este juego hermoso y apasionante. Bendito sea México, que entra en la historia del fútbol como sitio propicio, como ambiente ideal para que dos astros de la dimensión de Pelé y Maradona hayan brillado como nunca.
¿Estoy intentando un paralelo entre Pelé y Maradona? ¿Estoy invadiendo ese terreno hasta hoy vedado, casi lindante con la herejía, de comparar al genio brasileño, a ese atleta incomparable del fútbol universal, con este genio criollo de hoy, tan genuinamente argentino en su estilo, tan distinto a Pelé y a la vez tan parecido? ¿Me atrevo, sin rubor, sin pedir previamente perdón por mi desenfado y mi ignorancia, a ponerlos en el mismo nivel y hasta a concederle una luz de ventaja a Diego Maradona en la comparación?
Ya lo dije antes: Pelé fue el más grande dentro de un ciclo que culminó hace 16 años; Maradona es el más grande de hoy y sin bajar el telón de su campaña magistral. Maradona sigue, con todo el mundo por delante de su clase inigualable, a los 25 años de edad, para mantener y acrecentar lo que ha conseguido hasta hoy: el consenso unánime de la afición, de los especialistas, de los colegas, que lo consagraron como el más grande de todos en este momento del fútbol mundial.
“He is the best”, me dijo sencillamente, con ese lacónico idioma de los ingleses, el gran Bobby Charlton, astro máximo de la Copa del Mundo de hace veinte años. “Es el mejor”. Así declaró, así de concreto, así de terminate.(...)
Guy Thys, el director técnico de Bélgica, confesó al término del encuentro contra Argentina: “Estoy convencido de que fuimos vencidos por el mejor jugador de todo el mundo. En el primer tiempo mandé doble marcación sobre Diego Maradona, pero de poco sirvió porque siempre nos superó... En caso de que Diego jugara para Bélgica hubiéramos ganado la Copa del Mundo. En estos momentos no hay jugador que lo pueda marcar...” (...)
Joao Saldaña, prestigios periodista brasileño, anticipó que en la final se enfrentan “Alemania contra el Monstruo Sagrado”, en obvia alusión a Maradona, quien “una vez más -dice Joao- demostró la diferencia entre el crack y el jugador común y corriente...” (...)
Quiero volver por un instante a lo que dice un periodista mexicano. Erre. Erre, en su columna de “Novedades”, traza este paralelo entre Pelé y Maradona: “No es lo mismo ser equipero del Nápoli que del fabuloso Santos en el que siempre estuvo Pelé. Tampoco la Selección de Brasil repleta de estrellas es comparable, con el debido respeto para los pamperos, con el once argentino que disputará la final del Mundial ‘86 a Alemania Federal. Siceramente creo que sí, es comparable Maradona a Pelé.”
El cólega ha dado en el clavo pegando el martillazo justo. Ahí está lo más admirable de este momento cumbre de Diego Armando Maradona en el fútbol mundial. El grado de influencia decisiva que tiene su genialidad para el rendimiento de su equipo.(...)
En este particularísmo caso podríamos parafasear a Winston Churchill cuando homenajeó a los pilotos de la RAF (Real Fuerza Aérea) diciendo: “Nunca, en la historia de las humanas lides, tantos debieron tanto a tan pocos...”
Porque nunca, en la historia del fútbol, un jugador ha sido tan vital, tan influyente, tan determinante como Maradona dentro de la actual Selección Nacional. En ese aspecto, Diego ha sido más para Argentina que Pelé para Brasil.(...)
La influencia de Maradona ha sido absoluta, vital, terminante, decisiva. (...) El complemento inevitable para ganar partidos, desde la mitad del campo hasta la red de enfrente, fue aportado en forma casi exclusiva por Maradona. Colocando pelotas de gol. Desequilibrando generando pánico en la defensa contraria. Convirtiendo contra Inglaterra y Bélgica tres goles memorables, de esos que sólo un crack elegido por la providencia puede hacer con tanta gracia, tanta armonía de movimientos, tanta riqueza técnica y tan mortífera contundencia.(...)
Quedan, además, las jugadas que creó, atrayendo dobre si el peso de toda la defensa rival para colocar pases-gol frente a la boca del arco, dejando sólo con la red al compañero que llegaba de frente. Si Pasculli, Burruchaga, Valdano, Giusti, Enrique u Olarticoechea hubieran metido la mitad de los goles que sirvió Maradona, Argentina habría arribado a la final con 16 o 17 conquistas en su haber en lugar de 11. Ya sabemos que no todas las llegadas a posición de remate terminan en gol. El mismo Diego se los perdió, levantando o desviando el tiro. Pero si aquellos monstruos que acompañaban a Pelé hubieran recibido algunos de los estupendos servicios de Maradona, contra Uruguay o Bélgica podríamos haber goleado...
Esta reseña de su performance en México nos permite destacar lo más valioso de Maradona dentro del equipo: su condición de estrella que se subordina al conjunto, su constante contribución al mejor rendimiento de sus compañeros, su absoluta falta de vedettismo. Siendo el más grande de todos, el que más sabe, el que más juega, el que más crea y el que más sensaciones es capaz de transmitir para compañeros y adversarios, Diego ha sido un ejemplo de entrega al servicio de los demás. (...)
Ese es Maradona. Crack, inventor de jugadas, hombre de equipo, fabricante de goles que no existen, compañero, guía, artífice, obrero cuando es necesario, genio siempre. El más grande de todos en esta hora de fútbol. Más importante para Argentina hoy que Pelé para Brasil en cuatro Copas del Mundo. Extraigo sangre de mi brazo derecho, cargo mi lapicera y se lo firmo”.
Esto mismo que explica estupendamente Juevenal, también lo dice Zito, compañero de Pelé en la Selección -por si usted duda de la gran objetividad de un maestro como Juvenal por el hecho de ser argentino-: “Maradona significó para Argentina mucho más que Pelé para Brasil”, arriesga Zito. “Ni en Suecia 58 ni en México 70 Pelé representó el 50 por ciento del equipo como Maradona en México 86. En el 70, todo el ataque de Brasil fue fantástico. Es más, Brasil hubiese sido campeón sin Pelé." También opina Valdano: “Por su trascendencia dentro del equipo, por lo que inspira a los rivales, por la genialidad inconcebible que puede nacer de su magia. Diego es decisivo. Vale para él, aquello de Napoleón: hay que mostrarle al rival lo que el rival teme, y nosotros mostramos a Maradona. El fue nuestra carta...”
Es tiempo de que usted, saque sus propias conclusiones. La mía, ya la tengo hace mucho tiempo y es terminante, por lo que dijo Juvenal y por muchas cosas más, Maradona es, fue y será el mejor de todos los tiempos. Todas las comparaciones que hizimos -épocas diferentes, acompañamiento, etc.- pueden dejarse de lado, aunque sean verdaderamente ciertas, porque sólo y elementalmente hay que compararlos en como juaban con la pelota en los pies. Y nadie puede jugar como Maradona. Nadie puede hacer eso, lo elemental, dominarla, llevarla, pasarla, rematar, etc. como Diego. Nadie jugó como él. Y no me importa lo que digan los periodistas, no me importa si en algunas encuestas Diego sale abajo de Pelé porque todos esos que prefieren a Pelé, lo prefieren porque no le gusta la forma de ser de Diego, no porque lo consideren futbolisticamente más capacitado. Diego vivió coleccionando enemigos, y sus enemigos tendrían que dejar las diferencias de lado y darse un baño de humildad. ¿Quisiera saber quŽ parámetros toman para considerarlo a Pelé superior? ¿Que según su opinión Diego Maradona no es buen tipo? Pregunto yo, si fuera mal tipo, ¿para jugar al fútbol hay un derecho de admisión para que jueguen los buenos y los malos se queden afuera -hablando de personalidades y no de aptitudes-? ¿Todo lo que hizo, en buena ley -porque a pesar de que sea “malo”, no le robó nada a nadie, ¿no?- no sirve porque les parece que tiene supuestas actitudes antimoralistas? ¿Este es un juego en que los buenos son mejores, o que gana el que mejor patea la pelota? No, a todos esos señores, se confundieron. Dénme razones futbolísticas evidentes y lo voy a aceptar. Encima Diego es un excelente tipo, que tiene un corazón de oro. ¡Además, es el artista más grande que yo he visto en mi vida! Y los aspectos de su vida privada tiene muy poco que ver en esto. Van Gogh se cortó una oreja, por ejemplo, ¿y por eso no vas a tener un cuadro en tu pared? Vivimos en un mundo en que cualquiera dice muchas estupideces sin profundizar en el tema. Se dejan guiar por las cosas que dice un imbécil, y al final parece que Diego fuera un villano. ¿Acaso no se enteraron cuando donaba grandes sumas de dinero para personas desposeídas, cuando visitaba a los hospitales de niños de todas las ciudades a las que llegaba? ¿No se enteraron cuando iba a las zonas carenciadas de Nápoles a repartir comida a personas con hambre? No, seguro que no, porque lo que tiene más valor es que no avisaba a nadie. Pelé todo lo que hacía era para ganar plata, para que su imagen quede bien en todo el mundo. ¿Qué persona es más mala, ese noble corazón de Diego, o ese Pelé que cierta vez, cuando la mujer de Garrincha le fue a pedir ayuda, se negó a ayudar a un monstruo que incluso puede llegar a ser mejor que él como Garrincha, argumentando que de todas maneras se iba a morir? En eso también Maradona es mejor.
Igualmente, los aficionados de Pelé no se sientan mal, a pesar de sus actitudes hipócritas y envidiosas, el negro es comparable a Maradona. Comparable, entiéndalo bien, no mejor. Nunca lo fue y nunca lo será.
No hay nadie que exprese con más fidelidad el juego del fútbol como él. En cualquier lugar que se defina la palabra “fútbol” debe aparecer una foto suya. Se instruirá el aprendizage del fútbol por medio de videos y aparecerá el gol suyo a los ingleses. El fútbol tiene la particularidad de ser la única actividad bella que el ser humano desarrolla con los pies. El hombre está dotado para hacer cosas extraordinarias con las manos. ¡Qué maravilla que exista una actividad que tiene elementos de arte que se haga con los pies! Y justamente por eso el fútbol es tan popular: por la excelencia que produce ver la pelota manejada por la parte más rústica del cuerpo, el punto del cuerpo humano más alejado del que emite las órdenes a cumplirse, la cabeza. Y como tal el fútbol se hizo para ser jugado por gente con destreza, con virtuosismo. Por eso decimos que Maradona expresa con fidelidad la escencia de este juego, no hay nadie que patee la pelota como él -hablando de un concepto básico-, con esa genialidad única. Por eso Diego es el fútbol.
Cuando todas las voces confluyen en un único coro, cuando se ignoran los idiomas y uno solo predomina sobre el resto, entonces uno debe aceptar las evidencias. El mundo entero, salvo escasos y aislados disensos motivados por algún afán de ser distintos, supo pronunciar durante años el mismo y magnético apellido: MARADONA. Y fue él, Diego Armando, quien enarboló la bandera de ese fútbol de magia y de talento que se aclama, que se siente, que se respira entre admiración salpicada de emociones. Hoy parece estar cerca del retiro, pero nadie podrá desprenderse nunca de las sonrisas que supo regalar desde su espontánea y natural habilidad para jugar al fútbol. Esa que lo llamó a ser el Número Uno que todos disfrutaron. Hoy, es tiempo de recordar las infinitas páginas gloriosas que escribió con la número “10”. Esas que hizieron disfrutar a todos los argentinos, a los de Barcelona, Nápoli, Sevilla, etc. y sufrir con una gustosa resignación a los rivales. La historia está ganando a uno de los que la escribieron. Aunque el “Maradóóó, Maradóóó´” aún sigue retumbando en los ecos de añoranza de la Bombonera y en el recuerdo de su hinchada, que lo idolatró hasta el delirio.
Diego es un héroe, uno de esos que aparece cada 100 años. Cuando el soldado de Maratón llegó con el anuncio del triunfo contra los persas y luego cayó muerto, pasó a la historia: un héroe. En tiempos de relativa calma, en los que la posibilidad de la guerra ya no es el único recurso de afirmación nacional, el deportista ha pasado a ser un héroe moderno, la batalla fue reemplazada por la hazaña deportiva. Cuando Diego Maradona conquistó el mayor evento deportivo del planeta en un país extranjero jugando casi sólo, pasó a la historia: un héroe. Y es un héroe por millones de hazañas y proezas como ésta. El héroe es uno, no se concibe en multitud. En tal caso, dejaría de serlo. Y este argentino fue el último heroe del juego más popular del planeta. Hoy ya no está. Y por ahora no aparece nadie capaz de reemplazarlo. Hoy, ni en Mundiales juveniles, ni Mundiales mayores, ni en torneo internaciones ni no internaciones, en ningún lado se ha consegrado ni por asomo a un posible sucesor de Maradona. Así el fútbol aún espera el reemplazo de su héroe máximo. Superar esa valla -la que su cruze da la consagración de héroe- es sólo obra de unos pocos. De cuánto tiempo más pueda mantener Diego ese milagro, dependerá la vigencia del último héroe. Y por ahora, parece que pasarán unos cuántos siglos. Los tiempos son otros, claro. El recuerdo del viejo Diego es demasiado grande como para pensar que alguien pueda escribir una historia al menos semejante.
Siempre con su inconfundible estampa de crack. Siempre con la pelota, que sumisa obedece los dictados geniales de esa zurda mágica, sin dudas la mejor de todos los tiempos. Podrá tener distintos escenarios, diferentes momentos, pero siempre Diego y su magia inapelable. Esa magia que desde chico ya deslumbraba con el clásico jueguito... uno, dos, tres... La pelota no caerá nunca si son los pies, el pecho, la cabeza o el hombro de Diego el que acaricia la pelota desafiando -venciendo- la ley de gravedad. No importa si es una número cinco o una número uno de papel, es la redonda, el fútbol, a los pies de Maradona.
Pasaron tantos años y tantas cosas en estos tantos años. Corrió tanta agua bajo tantos puentes. Hubo tantos triunfos y tantos fracasos, tantas glorias, tantos dramas, tantas alegrías, tantas tristezas, tantos amores, tantos dolores, tantos soles, tantas sombras... y me queda claro que el único que puede superar a Maradona, es el mismo. Porque un lider sólo puede superarse a sí mismo. Porque siempre se puede ser más grande.
Durante 20 años el fútbol se llamó Diego Armando Maradona. El de Argentina y el de la China. ¿Quién en una cancha de fútbol o frente a la pantalla del televisor no se sintió atrapado por ese inconfundible número diez, por ese jugador distinto a los demás, el único capaz de asombrar con un taco, una rabona, una gambeta o un gol imposible? ¿Quién puede olvidarse de aquel “De la mano de Dios” o del segundo frente a los ingleses, después de eludir a seis rivales, quedando grabado para siempre como el mejor en la historia de los Mundiales? En sus más de 20 años como jugador profesional se puso varias camisetas, pero hubo una a la que quiso y quiere con locura. Más que a ninguna otra: la de la Selección Argentina. Con la celeste y blanca vivió sus mejores momentos... y también nosotros vivimos los mejores momentos. Después de aquel 0-5 frente a Colombia lo pedía la gente, yo, todos. Volvió por Claudia, por Dalma y Gianinna, por sus padres, por él mismo. Volvió con la consigna de siempre, esa de la canción de Fito Páez: “Y dale alegría, alegría a mi corazón...”.
Que Diego es diferente a los demás, no quedan dudas si uno observa el modo en que mira y responde a los periodistas, o en la confianza que demuestra en cada uno de sus movimientos. Es producto de la mágica combinación de talento y esfuerzo, pero también -como pasa con los elegidos- de haber estado en el lugar justo en el momento justo. Estas condiciones, más todo lo incomparable que Diego ofrece en la cancha se unieron para formar al fútbolista número 1 del mundo. Un jugador único, atrapante, incomparable. Un jugador que se metió en la historia a fuerza de marear defensores y romper redes. Un jugador de fútbol al fin. Para la mayoría, el mejor de todas las épocas.
Tanto en Nápoles como en la Argentina el amor por Maradona adquiere dimensiones difíciles de creer. Y no es para menos, los amantes del fútbol saben que difícilmente otro jugador pueda igualar lo que este hombre ha logrado. La gente lo ama incondicionalmente y siempre Diego devolvió el cariño que baja de las tribunas. Esa gente que lo alienta siempre y no lo olvida. Esa que tantas veces pidió por su regreso y le sigue siendo fiel aun cuando la tristeza haya empañado la esperanza. El romance del ídolo con su hinchada sigue vivo. Esta es otra diferencia más con Pelé, los amantes de Maradona lo quieren con locura porque representa el sentimiento del pueblo, los defiende a muerte, es un símbolo digno. Y mucho tiene que ver en esto, como dijimos en un principio, que se juega por su pueblo, se juega por lo que cree. El mismo Diego lo dijo: “yo estoy muy contento y féliz con lo que logré en el fútbol. Y desde el lugar que alcancé, formé una opinión. Al que le guste, bien. Y al que no, también. Eso sí: nadie me podrá acusar jamás de no comprometerme. Porque lo que menos tiene Maradona es ser un tipo sin compromisos. Me puedo equivocar como cualquiera, seguro, pero siempre me jugué. En la cancha y afuera. Por eso llegué a ser Maradona”. En pocas ciudades del mundo se quiere tanto a un hombre como a Maradona en Nápoles. Aún hoy, el amor sigue latente. Esto mismo dice Alex Leith, un prestigioso periodista inglés, quién descubrió en una visita a esa ciudad que los lugareños estaban más interesados en la gloriosa figura de Maradona que en el futuro brillante equipo. A continuación transcribo algunos de sus relatos:
“Miércoles, por la mañana:
“Tenga cuidado”, dice la anciana en Quartieri degli Spagnoli, el distrito más pobre del centro de Nápoles. No es la primera en advertirnos sobre los peligros de caminar a través de las calles atestadas de gente, sucias y siempre sorprendentes. Pero tenemos la determinación de encontrarlo. Estamos en Nápoles para capturar la atmósfera que se van generando previo al primer partido del Nápoli en la Serie B después de 34 años. “Está justo a la vuelta”, dice el abuelo del chico vestido con la camiseta del Parma. Estamos hablando de Maradona. “Era el rey de Nápoles”, dice el anciano, con sus anteojos de armazón metálico incrustados en su hinchada nariz roja. “Primero estaba Dios, después Maradona. Está muy cerca, justo a la vuelta de la esquina. Por el amor de Dios, tenga cuidado”. Cuando finalmente logramos ver a Maradona nos sentimos un poco desilusionados. Verdad, tiene tres pisos de altura. Pero sus talentosos pies están teñidos de blanco como parte de un arco pintado con aerosol sobre la pared. El celeste de su camiseta ha perdido mucho color y se está descascarando. Y, lo peor de todo, alguien ha construído una ventana en el lugar donde solía estar su cara. Su enrulado pelo negro corona un juego de persianas marrones que están cerradas. Se está desvaneciendo, un vago recuerdo de tiempos pasados mejores, uno de tantos en esta ciudad alegre y triste, buena y mala, loca por el fútbol.
Jueves por la noche:
Es jueves por la noche y nos dirigimos a las colinas que se apiñana en la parte antigua de la ciudad y bajan hasta el mar, para concurrir a la transmisión de “Ultrazzurri”, el show semanal de tres horas de duración dirigido por el grupo más grande de tifossi de Nápoles: el Comando Ultra B. Como el show ya ha comenzado, tomamos asiento silenciosamente en el vulgar estudio. Uliveri, el nuevo manager (el Robin Williams del Nápoli) está sentado en una silla flanqueado por otros hombres de apariencia muy seria, son periodistas y preguntan que plan tendrá para que su equipo vuelva a la Serie A. Habla de marca en zona, tres-cuatro-tres, ala tornante... “Tendrán que ser pacientes”, aclara. Pero, por sobre todas las cosas enfatiza que el pueblo tiene que olvidarse de Maradona. Cuando termina de hablar, un tipo de pelo largo vestido con una camiseta celeste se levanta y canta una canción: una canción sobre Maradona.
Viernes por la tarde:
Un día más tarde vuelvo a ver a Uliveri. Esta vez, en el campo de entrenamiento del Napoli, el Campo Paradiso, preparando a sus hombres. Soy uno de cerca de trescientos fans que aprecieron en las afueras de la ciudad para mirar, desde la única terraza sobre el lado de la parte central del campo, la práctica. Los fans, la mayoría de ellos veinteañeros, están callados, reverentes. Algunos llevan una remera con la cara de Maradona, otros se ponen pelucas negras con rulitos. El paso de Dios por Nápoli dejó tantas huellas que aún hoy perduran.
Sábado por la noche:
La Selección juega su primer partido desde la Copa del Mundo, en la víspera del gran partido del Nápoles. Es contra Gales, en la clasificación para el Campeonato Europeo. Hemos arreglado para ver el partido en un bar que (raro en Nápoles) tiene televisión. Un póster enorme de Maradona, una pelota firmada por el Rey, la foto del gol -el memorable- a la blanca... Maradona está presente. En el bar que pisamos y en los que no también. Uno tiene la sensación de que a la mayoría de los jóvenes les importa un comino el equipo de Dino Zoff. Somos los únicos clientes que miran todo el resto del partido. En el Mundial de 1990, cuando Maradona le pidió a la multitud napolitana que apoyara a la Argentina en vez de a Italia en la semifinal del San Paolo, tres cuartos de ellos estuvieron de acuerdo. Eso marca la devosión de etos tiffosi para el campeón argentino. De no creer. Inadmisible para una visión sajona. Admirable para una óptica latina, en la cual la fidelidad es casi intocable.
Domingo por la mañana:
Cada pequeña plaza en la parte antigua de Nápoles tiene postes de arco pintados en alguno de sus lados, pero hay un pequeño patio en la greco-romana Vía Tribunalli, el centro de reunión principal del viejo barrio, que tiene arcos de metal de mitad del tamaño con red. Ocho chicos de 10 años con el torso desnudo están jugando un partido de fútbol cinco unas pocas horas antes del comienzo del primer partido de la temporada. Hay una mano y el chico más grande pide un tiro libre justo afuera del área. El causante del foul está furioso y gesticula su inocencia como si fuera profesional. Pero el chico más grande no le da bolilla y lo empuja unos metros para atrás. Un compañero de equipo le pasa la pelota y la mete. Es un hermoso gol y lo sabe. “Maradona”, grita, aún cuando para él ha pasado prácticamente una vida desde que el argentino caminó esas calles por última vez.
Domingo por la tarde:
“Para mi mejor amigo en Nápoles, Gennaro”, se lee en el garabato de marcador sobre la camiseta del Napoli para esta temporada, seguido por la firma de Maradona y el número 10 entre paréntesis. Gennaro es el presidente honorario y fundador del Commando Ultra Curva B y está parado sobre los peldaños de una escalera, de espaldas a la acción, micrófono en mano, urgiendo a sus Ultra para que canten. El tipo a mi izquierda, con una camiseta del Liverpool, un gorro de los New York Dodgers y una bufanda del Nápoli está moviendo una enorme bandera de la confederación con las palabras. “El Sur Surgirá Otra Vez”, impresas en el medio. Enfrente de mi posición, un enorme cartel con la imagen de Maradona. Abajo suyo, una especie de santuario aglutina cientos de velas que brillan como adulando al rey ausente.
Diego está. No hay dudas. Se siente su presencia. De cada tres frases de los napolitanos, dos pronuncian la bendita palabra: Maradona. Es una adoración difícil de creer para esta época de fin de siglo. Seguro que él, el Dios, el personaje pagano que toda una ciudad alienta a la distancia, está en Buenos Aires sin interesarse demasiado por la suerte de esta ciudad. O sí. Vaya uno a saber.
Nápoli marca un tanto en el primer ataque serio y tres personas me abrazan. El nivel de ruido sube. “El que no salta es Cosenzano”, cantan. Yo salto. La euforia no dura mucho tiempo. Un jugador de Cosenza hace una corrida sin ser marcado al área de penal y marca un tanto. Dos minutos más tarde, con una jugada casi idéntica Cosenza hace otro gol. La multitud se silencia. El recuerdo de Maradona parece irrumpir en el aire. No entiendo lo que dicen estos hombres pero, en medio de los insultos, escucho la palabra “Diego” reiteradamente. En el segundo tiempo hay tarjeta roja para un jugador de Cosenza y Nápoli está tratando de hacer todo para pasar por entre los diez hombres que están entre ellos y el arco. Pero es uno de esos días malos: después de tres rechazos de gritos de penal, un gol anulado, bastantes salvadas increíbles y dos escalofriantes travesaños, se termina todo. O empieza. El Dios baja a escena sin saberlo. La bandera enorme con su rostro es descolgada y trasladada a la carrera por toda la bandeja inferior. Parece una de esas telas que exhiben la imagen del Che Guevara. Un escalofrío me recorre la piel. Pensar que hace siete años que el Rey no pisa su tierra y aún gobierna. La temporada pasada, con el Nápoli descendiendo de la primera división la barra retiró su apoyo y comenzó a insultar al equipo. Esta temporada, los 30 a cargo del grupo han tomado la decisión de apoyarlos, más allá de los resultados. Claro que, después me enteré, el sentimiento los superó y no pudieron con su rabia: hoy leo los diarios y me entero de que el Nápoli se va todos los sábados en medio de silbidos, insultos, piedras y botellas. Pero, seguro, con la veneración al Rey inalterable. Maradona, para ellos, está más allá de cualquier campaña del equipo. Es su bandera, su estandarte, su guía, su esperanza, su sueño...
Domingo por la noche:
El resultado ha dejado un paño mortuorio sobre la ciudad, pero la vida continúa. Terminamos nuestro viaje con una visita a la pizzería en donde uno de los mejores compañeros de Maradona en la época que estaba aquí -un tipo de nombre Felice Pizza- está trabajando como mozo. Su amistad con Maradona le costó el matrimonio y la propiedad del piano-bar en donde lo conoció a Diego por primera vez. Una vez que nos muestra sus credenciales (levanta el asiento de su poderosa moto estacionada en la calle y nos muestra que los papeles están a nombre de Maradona, quien le hizo un regalo de despedida) comienza a alabar al hombre con el que hace nueve años que no habla, quejándose de que fue destruído por la prensa y la presión de no poder moverse sin ser seguido por multitudes. Nos cuenta, como lo han hecho ya varias veces, que Maradona está al lado de Dios y de San Gennaro, el patrón de la ciudad. Después nos brinda una nueva imagen que no hemos escuchado antes. Cuando nos estamos yendo de su vacío restaurante, nos corre y nos da una tarjeta postal con un dibujo del Vesubio escupiendo lava a borbotones. “Este es Maradona”, dice. Sin saberlo, está muy acertado. He estado en Pompeya y en Herculano, y he visto el daño que ha hecho el Vesubio. Pero también estuve en la cumbre. Hoy en día es sólo una montaña con un agujero en la cima lleno de turistas. Su bronca se ha apagado, pero la gente habla de él todavía. El aún domina la ciudad”.
Impresionante, ¡cómo se lo quiere a Diego!, especialmente en Nápoles y en La Boca. Cerramos el tema de Nápoles con un comentario de Diego: “La gente por la calle, todos esos tifossi llenos de pasión y emoción por verme con la camiseta celeste. Los scudettos, tanto orgullo por vencer a los del norte... Cuántos recuerdos, cuánta pasión. Así son los napolitanos. Así es mi Nápoles: una ciudad maravillosa”. Tiene razón, es suya. Es verdad: el corazón tiene razones que la razón no entiende. Lo confirma el pueblo ileso del Nápoli herido, que todavía se mece en esa tribuna donde se sigue escuchando el grito incandesente de su apellido que ya va camino a la eternidad. Nada le importa: ni el club en la “B”, ni los cachetazos de la historia, darían lo que sea por volver a verlo en el San Paolo. Les basta con saberse de la ciudad de Maradona. Le sobra con reconocerse de Maradona, así como suena. Una definición redonda como la pelota, un sentimiento sin soble lectura, un motivo para seguir viviendo. Nada menos que eso: la ciudad de Maradona. Así son los napolitanos. Así es su Nápoles.
En cambio, la relación de la gente brasile–a con Pelé es más fría, se lo quiere por ser un gran símbolo de su país, pero no se lo ama desenfrenadamente. ¿Han visto alguna vez una conjunción tan estrecha, tan profunda, de un jugador con su tribuna? En Boca aquello era fantástico: “Y dale, y dale, y dale, Boca, dale...!” “Y dale, y dale, y dale, Diego, dale!” Diego era el número 12 y la hinchada era Diego. Boca fue campeón, Diego fue rey, auriauzul, monarca, al fin. También parte del cariño argentino proviene de que sostuvo las banderas de su rebeldía para con todas las formas de poder y se convirtió, sin pretenderlo, en la bocina parlante del argentino averiado, del argentino sin voz que sólo intenta descifrar algunas de las preguntas sin respuestas que la realidad le impone cada día. La imagen de Diego bien metida en el seno de la hinchada, enarbolada con orgullo para indicar que el mejor de todos se viste con sus colores. Un símbolo que domina en las tribunas o en la cancha. Sino recuerden cuando Maradona quedó afuera de la Copa en 1994 muchos desistieron de presenciar el partido. Faltaba la máxima atracción. Este sentimiento popular obliga a la reflexión e invita a comprender un fenómeno que vulnera la lógica. Una multitud va detrás de su ídolo sin preguntar nada. Sólo quieren verlo allí, entregando su alma, contagiando su fe, irradiando su esperanza. Sólo quieren regalarle su amor. Los pueblos aman u odian. Y siempre saben por qué. Hay lágrimas. Las fiestas del amor así lo permiten. No hay exigencias. El cariño todo lo perdona. Siempre. No hay disidentes. La fidelidad eterna lo autoriza.
Juega Diego, se repiten unos a otros. Y es todo lo que importa. Juega Diego, susurra el pibe con los ojos grandes apuntando a su padre.
Juega Diego, se cuentan felices aquellos que se cuelgan del colectivo, con los bolsillos casi vacíos y la sonrisa más feliz de la semana.
Hay algo que no admite dudas. Cuando la figura pequeña de Diego Armando Maradona ingresa otra vez a una cancha -la de Boca, la suya- un cosquilleo diferente recorre a un país.
Juega Diego.
Es todo lo que se necesita saber para explicar el amor. Lo demás, aunque sea por un día, ya no importa....
Pasan cosas raras con Diego Maradona. A sus pies cabalga una pasión desenfrenada, sin límites. Y en esa relación única que tienen Maradona y la gente el tiempo no pasa, y él fue, es y seguirá siendo el más grande. En ese amor ideal e idealizado no existe el recordar que Maradona tiene 38 años y que hace meses que no juega. Que engorda, adelgaza, corre, deja de correr. Está bien que el amor entre Diego y su gente sea así: ciego, sin límites, a morir.
Porque sería lindo ver otra vez la Bombonera llena, con Diego llevando la diez en la espalda e intentando mostrar los caminos por los cuales hay que andar para alegrar a la gente. Aunque 1986 sea sólo un recuerdo, y ya nunca más cuatro o cinco rivales queden desairados en el suelo. No será necesario seguir siendo perfecto, Maradona. Alcanzará, nomás, con esa zurda que ilumina. Por ahí cada domingo vuelve a ser una fiesta para los hinchas de Boca y para todos los que suelen emocionarse con el fútbol. Que bueno sería.
Ser el único foco de atención, descomprimir la tensión, convocar más gente que el partido en sí, vencer al tiempo, crear, imaginar y ejecutar. Sea cual fuera el oficio de fulano, los humanos capaces de bancar todo esto y salir bien parados se cuentan con los dedos de una mano y suelen ser considerados semidioses... Para alegría de la mayoría y para lamento de quienes desan sus fracasos confundiendo la paja con el trigo, los milagros del Diez parecen ilimitados. Y su vigencia, inexigible.
¿Porqué tanto amor? El sabio refrán dice que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Y el romance de Maradona con la gente es un caso testigo que ratifica el adagio.
Nunca se podrá entender el misterio de la devoción que él genera, el amor de la gente que seguirá yendo a la cancha “a ver al Diego”, el rito de la adoración a un hombre que jamás podrá asegurar lo que va a hacer en los próximos cinco minutos. Será porque cuando entra a la cancha hace magia, y no hay nada menos mágico que intentar descubrir el truco.
Pero este amor de la gente no se acaba, permanece intacto con los años. ¿Por qué? No lo sabemos. Quizás la mejor respuesta es la siguiente. Hay deportistas que no se hacen querer. Guillermo Barros Schelotto, por ejemplo, puede llegar a ser campeón cien veces con Boca y la Selección, pero es dudoso que se convierta en un héroe. Maradona, en cambio, en el final de su carrera, sigue manteniendo viva la llama. Y no sólo por su pasado, sino, más bien, porque Diego mantiene su estilo: todos quisiéramos jugar como él. Maradona nos hace disfrutar, nos muestra el goce del fútbol. Por otra parte si Maradona se fuera, nos quedaríamos huérfanos ¿A quién vamos a disfurtar? ¿Al Pampa Biaggio?
Para saber si un hombre es feliz, no bastará con su respuesta. Tampoco con mirar su cara, advertir el brillo de sus ojos o auscultar los latidos de su corazón. Para saberlo realmente habrá que conocer su historia. Es decir, sus grandezas y sus miserias, sus dichas y sus desdichas, sus risas y sus llantos, sus amores y sus odios, sus triunfos y sus fracasos, sus sueños y sus desencantos. Habrá que saber nada menos que su vida.
En esta noche triste todavía llorando por su ausencia, dan ganas de ir a la cancha. Ser ochenta mil argentinos, ochenta mil españoles, ochenta mil italianos, lo que sea.
Pero ser, en verdad, ochenta mil hinchas de Maradona, vestido de Boca -mi deseo por lo menos, el de los otros 79.999 será diferente, no lo sé- de los pies a la cabeza, con o sin el mechón amarillo sobre el lustroso pelo negro, pero que esté. Unos sabrán su historia. Otros, su leyenda.
Allí estar todos. Los que jamás se atrevieron al no, los pasajeros de alguna pesadilla. Quienes lo consagraron Hombre, y por lo tanto pecador. Quienes lo preferimos Dios, libre de todos los pecados. Quien sea, pero estar.
Allí estar todos en esa caja mágica contenedora de pasiones, como es la Bombonera. O en cualquier otro estadio. Pero estar.
Allí vibrando todos con su magia, intacta, su asombrosa velocidad mental, su romance eterno con la pelota, su amor confeso por el arte que le fue dado.
Que esté jugando Diego. Sin misterios, sin hechiceros, sin frasquitos de etiquetas equívocas, sin conjuras.
Diego y la pelota. Diego y don Diego. Diego y Villa Fiorito. Diego y su historia. No la única. La más linda. Y que se siga escribiendo. Diego y la ilusión de millones de pobres como fue él y de ricos como es él. Diego y los ojos oblicuos. Diego y los hombres y las mujeres y los niños y los ancianos que hablan un solo lenguaje universal. Diego y la pelota. Un idilio inalterable, fiel, puro, que seguirá vigente para gozo y regocijo del fútbol mundial. Diego y la pelota, el juego en su más alta expresión.
Estar ahí y saber. Algo importante pasa en la vida de los hombres cuando nos asalta el deseo de ser niños.
Iremos todos a ver al Diego. Será la fiesta del alma. Después nadie podrá preguntarnos por la felicidad. No hará falta.
Que Boca ya esté en la cancha. Con Maradona, nada menos. Ochenta mil personas no creen lo que ven. Diego, la diez y la cinta de capitán, otra vez. Que haya humo azul y amarillo cerca de los arcos, que empieze la fiesta, que la Bombonera ruga. Que se vengan los noventa minutos. Que se venga el fútbol que sólo una zurda mágica y una cabeza clarividente pueden ofrecer. Que se venga Maradona.
Que todas las miradas estén puestas en él como atraídas por algo mágico, difícil de descifrar. Que suceda lo mismo en la cancha, un par de horas antes, pero lo más extraño es que el embrujo continúe después, cuando el marco ya no es una Bombonera enfiestada de azul y oro como pocas veces en la historia. Ver caras, gestos, espejos de una emoción inolvidable. Los anónimos y los famosos, los grandes y los chicos, los tranquilos y los nerviosos. Colores, camisetas, uniformes de una procesión obligada. Todos con Diego y con Boca. Diciendo presente y poniendo la cara. Escuchar el grito de gol, que estallen todos, la fiesta. Que Diego abra los brazos, desencajado. Que sea consciente de que todas las miradas están puestas en él. También los sueños, y seguramente eso es lo mágico, difícil de descifrar, que hace que el lugar sea lo menos importante. Que pise la cancha y una nube azul y amarilla eclipse el sol, y una Bombonera de más de un millón de dólares baile a su alrededor, y una de las tantas benderas flamee saludándolo .”¿Con la 10? ¡Dios!”-. Y que además sepa que tiene que ganar, porque ése es el peso que lleva -y llevará- sobre sus espaldas, el que lo hace único, mágico y difícil de descifrar: carga con los sueños de los demás. Que esa sensación de alivio por tener a Maradona acompañe a la euforia y otras dos banderas, entre las tantas, flameen con sentido: “Maradona, una pasión inexplicable”, reze una, “Diego, la leyenda continúa”, anuncie la otra. Que sea el ordenador, función que se había autoimpuesto hacía un tiempo. Que además de manejar la velocidad y el orden del equipo, desparrame en la cancha jugadas con su sello. Que se ponga al equipo al hombro -como tantas otras veces- y vaya para adelante. Y si no es mucho pedir, la frutilla del postre, gol de Boca y gol de Diego. Gritar el gol de Diego, gritarlo hasta perder la voz. Escuchar el canto de agradecimiento de esos ochenta mil fieles: “¡Maradóóó, Maradóóó!”. Que tres pitazos, cierren su tarde. Con victoria, como lo había soñado y como lo mandaba su alcurnia. Que corra hacia el palco donde esten Claudia, Dalma y Gianinna; que les de las gracias. Que vuelva hacia el centro de la cancha, que levante los brazos, que quiera quedarse a vivir allí, como actores secundarios de la misma historia. Que se junte con ellos, que se pierda en el vestuario.
Pero estos son elementos totalmente imprescindibles, que quede claro: sólo me conformo con verlo adentro de una cancha; aunque sea en una desierta, jugando en otro equipo, aunque pierda 10 a 0. No me importa, con verlo pateando una pelota, no importa de la forma que sea, es suficiente. Acaso, cuando vuelva a verlo, me recordará alguno de aquellos días y cosas que, a su vez, me arranquen una lágrima de sentimiento semejante a la que hoy brota de mis ojos al recordarlo. De seguro me iré contento y conforme, mis ojos estarán iluminados con magia. Siempre estará, porque nunca se fue, aunque a veces se llame a retiro -nos va a quedar una imagen de tu último partido, ésa en la que se te ve con la novia blanca bajo la suela, mirando adelante, buscando jugar... Nosotros ya tenemos el marco y el título: la última pisada...-. Camiseta 10, cinta de capitán, tranco con su sello. Siempre. Ochenta mil almas, ochenta mil gritos, ochenta mil corazones. Por Maradona. A pesar de todo. ¿Por qué? No se lo pregunte. Sólo recuerde... El amor es más fuerte.
Maradona fue el mejor casi siempre jugando en inferioridad de condiciones, empezó en un equipo chico y lo puso en la pelea contra los grandes e incluso cuando se fue dejó secuelas de su paso en el equipo lo que llevó a Argentinos a disputar la final de la Intercontinental contra la mismísima Juventus. Luego se fue a Italia y puso al Napoli en lo alto de Europa. Y todo esto lo hizo sólo, él era el que ganaba los partidos, nunca tuvo compañía de primer nivel y él igual jugó para los otros diez del equipo con una enorme solidaridad. Se podría llegar a decir que él era el equipo.
Diego fue el mejor estando enfermo, siempre jugó en desventaja e igual fue superior. Entonces hay que ponerse a pensar hasta dónde hubiera llegado sin la droga. Es para suponer que se formaría una opinión totalmente generalizada de que Diego Maradona fue el mejor. Pero esto es lo que menos importa porque lo que realmente saben de fútbol saben eso con toda certeza. Nadie puede juzgarlo a Diego por lo que hizo, porque nadie está excento de culpas. Además en Italia se comprobó, que allá por 1991, el primer dóping de Diego, hubo una campaña para perjudicarlo. Diego fue el más perseguido por los controles, hubo una mano negra. Y Diego lo sabía -incluso Diego en uno de los partidos del Napoli de ese año, había cambiado su casaca a último momento (se puso la “9”) porque quería equivar el pulgar bajo de la Mano Negra-, había tomado conciencia de que en el Mundial de Italia la había hecho “grossa”, se la querían dar. Acechaba la amenaza de una transversal y mafiosa vendetta a la italiana. A Diego lo persiguieron continuamente, en cambio quien sabe cuantos casos como el de él no fueron descubiertos adrede. Y así fue, Diego tuvo que pagar caro el atrevimiento de eliminar a Italia, fue el principio del fin, ese dóping le produjo un daño irreparable en su carrera. Demasiado gris para mi gusto, yo quiero volver a ver blanco o negro. Ahora se tiene que tomar medidas al respecto, porque hay que tener muy presente lo que aquel gran legista que fue Montequieu decía: “La injusticia hacha a un sólo individuo y la impunidad concedida a muchos son una amenaza dirigida contra todos”. Pero algo es seguro, y el que dice lo contrario es un imbécil que no se informa como debiera: Diego, nunca jamás, se drogó para obtener una ventaja deportiva. Si hubiera buscado obtener ventaja deportiva, hubiera utilizado otras drogas que producen un efecto en el rendimiento muchísimo mejor, es por eso que las sanciones no pueden ser igual. Diego estaba enfermo, así que eso de la ventaja deportiva, nadie se lo puede reprochar. Por el contrario la droga lo arruinó y fue el mejor igual.
Ya que estamos en este tema, podemos hablar de lo sucedido en el Mundial de 1994. Hay dos frasquitos que ambos contienen drogas. Uno, el blanco es perfectamente legal. El otro, el negro, contiene algo raro, pero se vende sin receta en los mostradores, y está legalizado en las cuatro principales sanciones de Estados Unidos. Por pasar del frasquito blanco al negro, a Diego Maradona, a todos nosotros, nos quitaron el sueño. Hubo mucha saña. La ilusión es una sublime fantasía del espíritu... Desliza sus ondulantes faldas donde se rinden nuestros sueños. Diego era nuestra ilusión. Y ya no podíamos, a la orilla de su río saciar nuestra sed de paraísos perdidos. “Nigun estudio ha demostrado convincentemente que se puede aumentar la performance atlética consumiendo grandes dosis de efedrina... o similares”, escribe el doctor Gary I. Wadler, coautor del libro “Las Drogas y el Atleta”, que se ha convertido en un refernte mayor en estos tiempos. De ninguna manera se puede entender ni compartir la decisión de la FIFA. Son señorones que se sientan allí y están totalmente ajenos a los sentimientos. Ellos tienen un negocio, con esa sanción a Diego cuidan bien el negocio. Es una conspiración contra él, ellos venden fútbol y para venderlo eligieron el camino clásico e hipócrita de la imagen. ¿Por qué no averiguan que en nigún momento buscó obtener una ventaja deportiva?, y que el propio Diego no creo que haya tomado el remedio por su cuenta. Se puede ver fácilmente cuando camina al control antidoping con la sonrisa en el rostro, con la conciencia totalmente limpia. Tampoco entiendo, la decisión de la AFA. En 1986, el jugador español Calderé consumió la misma droga, ¿qué pasó? la Federación Española de Fútbol, en una hábil maniobra, logró culpara al médico y el jugador español continuó jugando el campeonato, mientras que la suspensión recayó sobre el médico. Es imposible creer que Maradona consumió efedrina por si sólo, lo único seguro es hubo alguien que se encargó de eso. El 30 de junio de 1994 la AFA retiró a Diego Maradona del plantel argentino Inentendible. La AFA alegó que había adoptado tal medida para evitarle al jugador una sanción mayor por parte de la FIFA. El 24 de agosto de 1994, la FIFA sancionó a Diego Maradona con una suspensión de 15 meses. “La maldad, la estupidez y el desvarío no me hacen perder la calma; porque los doy por descontados de antemano como parte del mundo” (Sigmund Freud -1912-). Encima, me causa mucha gracia que la sanción a Maradona, las haya tomado una entidad que está presidida por un señor que tiene procesos en Brasil por venta ilegal de armas. A Diego le cortaron las piernas y, pese a los avances de la medicina, aún no lograron reimplantarselas a nadie. Fue doloroso, muy doloroso. Esa imagen de Diego me partió el corazón. Ese Diego triste, aún hoy cuando aprieto el “play” de la videocasetera, contagia tristeza. La escena está allí, duele en la cabeza, aprieta el estómago, nubla la vista, estruja el corazón. Está allí, no se va... Quizás por eso ya me había olvidado del Mundial. En el mismo día en que se cumplían ocho años y veinticuatro horas de su coronación en México, el mismo día en que se cumplía un año de su partida de Sevilla, el mismo jueves 30 en que se cumplía todo eso, Diego Armando Maradona vio por primera vez en dieciséis años un partido de la Selección Argentina en un Mundial desde afuera. Estaba destruido, todos nosotros también. La sensación me domina desde que lo vi a Diego, solo, en su habitación 714 del Sheraton Park Central de Dallas, ciudad en la que a partir de ese día no sólo mataron a John Fitzgerald Kennedy. Verlo ahí me mató. El sentimiento había quedado reflejado en esa entrevista que paralizó al país a través de la televisión, en la que no se le vio el corazón, aunque lo tenía en la mano... Después de eso no pudo seguir mirando el partido, pidió disculpas con el hilo de voz que le quedaba y se fue a su habitación... En su cabeza repiqueteaba, como un implacable martillo, su propia frase: “Me cortaron las piernas, me arrancaron el corazón... ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer con mi vida?” Un testimonio, sin tiempo, sin espacio, sin rating. Con una luz extraña inundándolo todo, con el sentimiento unido en una tristeza desgarradora, provocada por su voz, tan distinta... Sin bronca, sin resentimiento, con el dolor de la promesa incumplida: había dicho que no iba a llorar. No se pudo contener. Aceptó bajar desde su habitación hasta el lobby, para hablarle al mundo, por una razón fundamental: “Quiero tener el derecho a defenderme... Yo no me drogué, cualquiera que me haya vista entrenar sabe que yo no necesitaba drogarme para correr como corrí ni para jugar como jugué”. Y eso mismo decíamos antes, yo te creo Diego, todavía hoy sigo pensando que eso fue una injusticia, en nigún momento quiso obtener una ventaja deportiva. A Diego lo “cagaron”, así como suena, así de simple. Y me queda una duda: Havelange, ¿porqué no defendió a quien llamó “su hijo”, “su nieto”?. Si a todos sus hijos les hace lo mismo que será de la vida de ellos. A Diego, en tanto, nadie le quitaba de la cabeza que los había defraudado. “Me estoy muriendo yo y se están muriendo todos los que creyeron en mí...¿Por qué, por Dios, por qué?”, se había preguntado sin poder responderse. Después fue a comentar el partido siguiente de Argentina con Rumania. Fue el centro de todas las miradas, hay diez segundos o más del partido -que ya llevaba jugados dos minutos- que nadie ve, porque los cien mil espectadores apuntan hacia el palco de prensa, como si allí se jugara algo. El Mundial había terminado, para él y para muchos, cuatro días atrás, aquel miércoles 29 de junio de 1994 inolvidable y fatal. Un día de luto en la historia del fútbol. Había terminado hasta para ese hondureño simbólico, Marco Bardales, que se para en la salida del túnel 19, como un hombre sandwich con ese cartel escrito en puño y letra: “Diego Maradona, Dios del fútbol, es inocente...” Tiene unos cuarenta años, “al fútbol le han quitado su esencia”, dice, y empieza a caminar sin rumbo fijo, dolorido, con la certeza cruel de que llegó hasta allí para comprobar que el milagro -deseado, esperado- ya no sería posible... Nos sorprendió, los treinta y tres millones de argentinos lo seguimos, en el mismo camino... Y siguió caminando el hombre. Dicen que iba llorando. Lo único que queda por decir de la tarde más negra del fútbol argentino, lo dijo el mismo Diego: “lo lamento en el alma por todos los argentinos, pero a nosotros no nos ganaron en la cancha... Nos tuvieron miedo y alguien nos sacó, alguien metió la mano y lo hizo muy feo”.
Hay que agregar el mal perjuicio que se le tiene a Diego. Parece que Diego Maradona hubiera descubierto, en nuestro país, la cocaína. Fue víctima de una enfermedad que afectó y sigue afectando a muchísimos, entonces ¿porque no ayudarlo?. No sólo no se lo ayuda sino que se lo persigue y molesta continuamente. Por favor periodistas argentinos: ¡Dejen de una vez en paz a nuestro mayor ídolo!. Pero el talento de Diego trascendió las fronteras y no fue sólo el periodismo argentino el que lo acechó continuamente. Siempre noticia. Con cualquier camiseta, en todos los momentos, en todas partes. Con la excelencia de su fútbol y con aspectos de su vida, Maradona logró una trascendencia internacional inusitada para un deportista, que lo llevó a figurar en la portada de las principales publicaciones de todo el mundo. Sólo los más célebres científicos, escritores, artistas, presidentes, militares, logran alcanzar una difusión universal a través de las portadas de las más importantes revistas del mundo. Son prácticamente inexistentes los ejemplos comparativos para los futbolistas, por eso la constante aparición de Diego en ellas remarca aún más su trascendencia como permanente generador de información. Sirvan éstas como ejemplo: Soccer Magazine (Japón), Oggi (Italia), Time (Estados Unidos), Guerin Sportivo (Italia), Newsweek (Estados Unidos), Onze (Francia), La Domenica del Corriere (Italia), France Football (Francia)... Por ellas también transitan sus máximas conquistas y más caros sentimientos. Además si volvemos a los medios argentinos nunca un nombre apareció tantas veces como el de él, incluso hoy, después de retirado, siguen apareciendo publicaciones suyas. Fue el jugador que más veces salió en la tapa de El Gráfico, por lejos.
En vez de hablar, porque no se ponen a pensar la pesada tarea que le tocó a Diego por ser ídolo: cuando la gente necesita llenar un vacío, proyectar en alguien sus esperanzas, su ilusión, hasta sus broncas, allí estaba él poniendo el pecho, conteniendo tanta demanda, tan imperiosa necesidad de identificación colectiva. Sostiene los ideales de todos los argentinos. Los quiero ver a cada uno de los que habla, ver que hubieran hecho en esa situación. El tuvo un desafío casi insuperable. Siendo de origen muy humilde, fue llevado de golpe al estrellato nacional y universal. La verdad es que no puede vivir. Este hombre no puede pensar, hablar, caminar, siempre tiene alrededor gente que lo idolatra. Es muy difícil superar eso. El se vio obligado a manejar esa circunstancia desde que tuvo 18 años. Y además están todos los que se aprovechan y viven de eso. Todo el mundo quiere tocarlo porque es una leyenda. Y no es fácil ser leyenda, al contrario: es bastante dramático. Diego fue víctima, fue víctima de su propia idolatría, esa que suprimía cualquier rastro de privacidad, ésa que no lo deja caminar en paz por la calle, no tiene un momento de calma, todo el día lo agobian, tanto los hinchas -debe ser la persona del mundo que más autógrafos firmó y que más fotos le sacaron en toda la historia- como los periodistas. Valga esta anécdota como ejemplo: hace unos días sus hijas le pidieron que las llevara a un shopping. El accedió y, cuando quiso entrar, no pudo. Entonces le dijo a la gente algo patético: “¿No me concederían ser como ustedes quince minutos al menos? Por favor se los pido”. Al final se tuvo que ir. Esa es una carga difícil de soportar, él no tiene vida privada. Imáginese, todos lo días de su vida durante más de 20 años así. Opina Brindisi sobre esa fama de Diego: “Diego es un ser humano como cualquiera, que se cansó de cargar una mochila cada vez más pesada. Recuerdo, cuando jugábamos en Boca, que tuvimos una gira por Costa de Marfil. Llegamos al aeropuerto y había 5.000 personas esperando. Nosotros pensábamos que también había llegado algún Presidente, no entendíamos. Y mucho menos entendimos cuando se pusieron a gritar “¡Pelusa!”. No le gritaban “¡Maradona!”, sino “¡Pelusa!”, eso marca hasta dónde había trascendido Diego en 1981, cuando recién arrancaba”. Algo parecido cuenta Pablo Colman, un argentino residente en China, sobre cuando el Boca de Diego en 1996 visitó ese país: “Acá nadie sabe que es Boca, pero todos saben quien es Maradona. Los principales diarios lo anunciaron hoy en la tapa, lo esperan como una atracción increíble... Y yo también, la verdad”. De esa gira de Boca, se recuerda que sus propios compañeros se quedaron perplejos, obsrevándolo llegar a Ezeiza rodeado de periodistas y de gente -hasta le robaron los anteojos en el tumulto- y también en el arribo a Holanda, igualmente reconocido y asediado. Diego viajó con la ilusión de ir al encuentro de pueblos que lo adoran, sin reticencias. Y realmente lo sintió, es más la visión superficial y primaria, dejaba una única conclusión certera: la solitaria coincidencia entre las dos ciudades que ha pisado Boca en el arranque de esa gira, pasa por la presencia increíblemente convocante de Diego Armando Maradona. Lo sintió tanto en Amsterdam como en Pekín, en la ciudad holandesa, apenas pisó la vereda del Gran Hotel Krasnapolsky... de todos los que estaban en las cercanías partió el grito: unos “¡Diego!”, otros “¡Maradona!” y hasta se escuchó algún “¡Armando!”. Debió regresar al hotel y salir más subrepticiamente. Una fama impresionante: en cada rincón del planeta, por más recóndito que sea, le conocen. Pero nada más curioso cómo lo que le pasó a Miguel Angel Rubio, periodista de la revista “El Gráfico”, que estaba cubriendo la participación de la Selección Argentina en Francia ‘98. Comentó en la publicación una extravagante anécdota que tituló “Maradona por un día”: “Todo ocurrió cuando la tranquilísima Saint Etienne fue invadida por los escoseses. Muchachos, chicas y hombres que desconocen el agua mineral o las gaseosas se entregaron a una fiesta maravillosa. En la plaza central de la ciudad, la fuente albergó a más de trescientos scotland que se bañaban como si estuvieran en la bañadera de sus casas. Hacía poco que habían perdido con Marruecos por 3-0 pero festejaban como si hubieran ganado con baile. Cosas inentendibles para un argentino. Con una sonrisa tímida, yo los obsevaba a un costado. El hedor a alcohol todavía dura en mi campera. Hasta que, en un momento, un pollerudo con una peluca colorada y un vaso de cerveza tambaleante en su mano, se paró frente a mí y gritó: “¡Maradona!” ¡Para qué! El pobre asoció mis rulos y el bordado con la palabra Argentina en mi buzo Adidas con el gran Diego. Ahí empezó la hecatombe total. Medio centenar de scotlands -en el cual había algunas chiquillas tan apetecibles como borrachas- me rodearon y cantaron un himno que, luego me enteré, existe desde 1986: “Vos sos el rey, sobre todo después del gol con la mano a los estúpidos ingleses, oooooohhh, Dieeeeego Maradoooona”. Después de entonar el cantito, se arrodillaban alrededor mío y me hacían reverencia con los brazos, como si yo fuera un dios pagano. Pero no: para ellos era Maradona. Así cientos de veces. Yo sólo atinaba a sonreír y darles la mano que ellos me extendían. Me pidieron autógrafos y fotos conmigo, apesar de que yo les aclaraba que no era el Diez. Pobres, la verdad que son buena gente. Eso sí, cuando se hicieron las cuatro de la mañana y ellos seguían haciéndome reverencias, ya estaba un poco p... cansado. Ahí me di cuenta de algo: qué difícil es ser Maradona. Y eso que yo sólo lo fui por un día...”. Es verdad: cansa ser Maradona. Es muy difícil. La presencia de Maradona produce revoluciones en todos los lugares por donde pasa. Siempre, en todos lados, los ojos de la gente apuntan a él, su fama es enorme. También opina el Bambino Veira sobre esto: “lo que genera Diego es muy grande, difícil de soportar: yo veía cuando jugábamos en Boca y los hinchas se colgaban del colectivo. Y pensaba: ¡se van a estrolar contra la columna! Es una cosa de locos”. Así cualquiera tendría las mismas actitudes y las mismas reacciones, así cualquiera estaría más expuesto. Por eso justifico totalmente lo que hizo, cuando disparó con aire comprimido a los periodistas. Actúo en defensa propia, ¿sabés lo que es que te pongan un zoom desde arriba de un camión violando tu intimidad?. Además, todos tenemos debilidades morales. Imáginese en esa situación ninguno aguantaría, es por eso, como dijo Lin Yutang que “debemos precavernos del hombre sin debilidades morales”. Así que en vez de hablar de los errores de Maradona, piensen un poquito y pongánse en su lugar. Si cada uno de los que se llenó la boca de idioteses, “Maradona esto, Maradona lo otro...”, hiziera eso, de seguro quedarían muy pocos críticos.
Y esa fama siempre fue la que hizo que alrededor de su imagen se movieran millones de dólares. Hubo contratos con Coca Cola, Puma, Agfa, Mc Donal’s, Cosméticos Tsu, cuadernos Campeón, entre otras millones de marcas. Aparecieron productos como encendedores Maradona y alfajores Dieguito. Hubo pases millonarios, nuevos autos y casas. Cuando llegó a Nápoles en una semana se vendieron más de 50.000 copias del “Tango de Maradona”. El día que llegó a Nápoles a 215 recién nacidos los inscribieron con el nombre de Diego o Diego Armando, pero sólo el día que llegó. Imáginese cuántos hubo después, cuántos jóvenes que caminan hoy por las calles de Nápoles llevan su mismo nombre. Pero eso no es todo: una calle de Nápoles lleva su nombre (se llama “Via Maradona 10”). Y así hay infinidad de casos, de millones de cartas que le llegaban y Diego trataba de contestarlas, también hubo gente que en el hotel se acercaba a Maradona y le decía: “Yo puedo dejar a mi hija y a mi señora pero no puedo dejar de ver al Napoli con usted integrando el equipo”. Es impresionante el amor, la fama, la popularidad de Maradona en Nápoles. Las ventanillas colgando un cartel “no hay más localidades” fue escena repetida en todos los lugares del mundo. Diego se volvió fuente inagotable de dinero. Explica Hugo Gatti: “Diego fue un jugador taquillero, y gracias a él Boca salía de gira. A nosotros nos venía bárbaro porque cobrábamos premios muchas veces mejores que los que nos daban en los campeonatos locales. Me acuerdo de la última gira antes de que Maradona pasara al Barcelona, en Japón. La gente se mataba por tocarlo y él siempre trataba de atender a todos con una sonrisa”. De esa fama también habla Bilardo: “En México 86, Diego fue el más perseguido. Habrá firmado, en proporción, mil autógrafos a uno con respecto a los demás jugadores. Las pocas veces que dejamos la concentración la policía de seguridad que nos seguía tuvo que hacer grandes esfuerzos para poder salvar a Diego de esos cariños que lo mataban. Y Diego nunca perdió la sonrisa.” Astor Piazzolla decía, con indisimulado dolor: “En mi país soy famoso, pero no soy popular”. Con Diego ocurre un fenómeno extraordinario que en aquel campeonato de México se demostró: es famoso y popular en todo el mundo. En México, superaba con holgura a cuanto se le cruce en el camino. ¿Hugo Sánchez? ¿Platini? ¿Rummenige? ¿Algún danés? ¿Sócrates? ¿Zico? ¿Julio César? Ni por asomo. Los días de entrenamiento, cuando había acceso al periodismo, se formaban grupos de hasta cincuenta personas que pugnaban por entrar para verlo. Cuando llegaba a los estadios, la policía se volvía loca para lograr alejar a los fanáticos y cuando salía, no menos de ocho corpulentos agentes le hacían de protección para impedir que se lo lleven o lo lastimen, como dijo Bilardo. No hubo día, juegue o no Argentina, que todos los diarios de México no le dedicaran por lo menos una página y no hubo programa de televisión que se prive de dar su imagen o su palabra o las dos cosas. Estaba bien, tranquilo, sonriente, inspirado, feliz. Sabía de la fama, de la popularidad, de la idolatría, del dinero, de los contratos, sabía que era el número uno de los número uno. Pero conservaba intacta la sencillez, la humildad, la sensibilidad, capaz de llorar como un chico al encontrase el domingo con su viejo en la concentración y decirle simplemente: “Feliz día, papá”. Salvatore Bagni cree que “se organizaban amistosos con la condición de que jugara Diego, pero no en el nivel en que lo hizo el Inter con Ronaldo. Era otro fútbol. En cambio, la venta de productos con la imagen de Maradona si fue un gran negocio: se vendían camisetas, muñequitos, banderas, bufandas... Nápoles siempre fue la capital de las chucherías y Diego les dio de comer a muchos”.
Maradona fue un hombre real, una presencia cercana y cotejable, un mito erigido en la globalización, en la era de las comunicaciones, instaurado en la pantalla concreta de la televisión. Fue el máximo referente deportivo de fin de siglo porque su hazaña fue seguida en vivo, carece de afeites y cosméticos, está allí para ser paladeado en seco, cuando declina el entusiasmo que hace perder el sentido de la proporción. Su figura reclamó elogios, ovaciones y tapas de revistas desde muy pequeño. “Es zurdo, pero ya sabe usar la derecha. Diego Caradona (sic), diez años, se ganó calurosos aplausos en el entretiempo de Argentinos-Independiente, haciendo gala de una rara habilidad para el jueguito con el empeine y también con el chanfle”, escribía Clarín por primera vez sobre Diego en septiembre de 1971. “Maradona/ ocupate vos/ si no sucede ahora/ no sucederá nunca más/ ocupate vos/ la Argentina tuya está aquí/ no podemos esperar más”, le exigieron sesenta mil tifosi en 1984, el día en que se presentó en el Napoli. Aquí y allá, la presencia de Diego no se agotaba dentro de las líneas de cal. Esa fama, creó infinidad de anécdotas como la de Salvatore Bagni, quién comenta que cuando se enteró de que el Inter lo había vendido al Napoli no le gustó nada, pero cuando supo que iba a jugar con Diego aceptó sin dudarlo. Diego jugó en una época donde su estrella brillaba infinitamente más que cualquier otra de cualquier nacionalidad. Desde China hasta Senegal saben quiŽn es, y muchos nos conocen en el exterior gracias a las hábiles piernas de Maradona. Hay que tener buena madera para soportarlo todo, hasta el amor y el éxito. Esa misma TV que fue protagonista directa de sus hazañas, que mantuvo su nombre siempre presente capaz de enloquecerlo por un hartazgo totalmente comprensible, se transformó en el medio para su descenso. Maradona conformó desde la pantalla sus momentos más negativos, a veces flageado a carcajadas en programas-basura. No hay redención para los hombres duros, pero su partido aún no ha terminado, hay tiempo para la última grandeza.
Diego siempre fue el mejor, ya lo era a los 20 años y lo sigue siendo ahora, allá por la década del ‘70 cuando recien había debutado en primera El Gráfico publicaba una nota que titulaba “A la edad de los cuentos escucha ovaciones”. El autor de aquella nota deseaba el final: “Que el cuento sea largo, que no termine nunca, que tenga un lindo final, que el héroe le gane a todos, que a todos haga feliz. Y colorin colorado...”. Este cuento no ha terminado. Nunca lo hará. “Cumplir con tu Leyenda Personal es aquello que siempre deseaste hacer. Las personas al comienzo de su juventud, saben cual es su Leyenda. Todo se ve claro, todo es posible. La gente siempre está en condiciones de realizar lo que sueña”. Estas palabras pertenecen al Rey de Salem, uno de los personajes de la novela “El Alquimista”, de Paulo Coelho, y fueron el impulso necesario para que, en la ficción del escritor brasileño, un joven pastor decidiera cambiar su historia. También en la década del ´70, el pibe morocho dejó de hacer jueguito por un momento, enfrentó a la cámara de televisión y desde le cándor de sus diez años lanzó la premonición: “Mi sueño es jugar un Mundial...salir campeón del mundo con Argentina”. En estos día ese pibe es Diego Maradona, un personaje de verdad y no de novela (aunque a veces lo parezca cuando juega), es el mejor jugador de toda la historia con su Leyenda Personal ya cumplida. Sólo hay una cosa que hace a los sueños imposibles: el miedo al fracaso. Por suerte, Maradona nunca sufrió algo semejante, no tiene incorporada esa palabra. Como el personaje de “El Alquimista”, él también cumplió su leyenda personal. La cumplió, y con creces. Fue el mejor de todos, siempre, en cualquier parte. Cuando se fue a España se pagó una cifra que todavía hoy, con el gran aumento del mercado futbolístico, sigue siendo una fortuna y uno de los récords del fútbol argentino. Por eso no podemos decifrar con presición cuanto se pagaría en la actualidad si Diego estuviese empezando su carrera, pero de seguro sería una cifra con varios ceros, que superaría en varias decenas de millones a las que cotiza actualmente el brasileño Ronaldo. Si hasta hace poco empresarios japoneses ofrecieron una suma cercana a los 20 millones por un Maradona con 36 años (a la que, por cierto, Diego rechazó demostrando una vez más su gran amor por Boca).
Diego fue el mejor, y mucho tiene que ver esa infancia en los potreros de Fiorito, dónde dio sus primeros pasos. Fue biotipo del jugador de potrero, porque en el potrero hay barro, pero también hay flores. Esos potreros tan comunes en la Argentina, esos potreros que contagian la alegría del juego a cada persona que practica aunque sea una sólo vez, esparciendo el fútbol por cada rincón del país; en cierta forma por esos potreros el fútbol es el juego más popular de la Argentina. Pero también por esos potreros Diego Maradona es hoy quien es. Alejandro Dolina dice, algo parecido, en su libro “Crónicas del Angel Gris”: “Lejos de las metáforas oficiales que nos invitan a seguir el ejemplo de nuestros futbolistas para encontrar el destino nacional, yo apenas cumplo en homenajear a los miles de pioneros atorrantes que impartieron una ética, una estética, tal vez una cultura, cuyo inapelable resultado son los goles superiores, memorables, criollísimos de Diego Maradona”. Así empezó todo en las humildes calles de Fiorito, hace más de 30 años: una piedrita, una tapita de gaseosa, una naranja, el borrador del pizarrón... Cualquier cosa, a cualquier hora, bailaba al son del empeine del pibe. Hoy a los 38 años, sigue siendo el mismo. Siempre igual, le dabas algo para patear y se ponía contento, representaba la alegría y el amor al juego. Por eso fue único. En el bolsillo derecho de su pantalón, carga con un documento que no miente: Diego Armando Maradona había nacido el 30 de octubre de 1960, en una mañana de potrero.
Alguna vez se dijo que el número 10 es “el fútbol mismo”. Grandes jugadores eligieron ese número como si fuera una calificación para su talento. Pero a nadie en la historia le queda tan bien como a él. Parece casi que ese número fue inventado pura y exclusivamente para él, y durante años lo estuvo buscando alternando en grandes jugadores pero sin todavía encontrar su dueño definítivo, se puede llegar a decir que hasta la llegada de El Maestro se lo guardaron, nada más. Cuando se econtraron fue amor a primera vista, se lo puso una vez y no lo dejó hasta el día de hoy. Fue fácil advertir que le quedaba pintado al cuerpo.Las camisetas cambiaban pero el número no, nunca ese número estuvo en tan buenas manos. Hoy cualquier persona que se ponga una camiseta con ese número, lo mira y se acuerda de él, pero nada más. No quieren faltar el respeto y lo saben: la camiseta número 10 fue, es y será de Maradona.
Alguien ha dicho, con indudable acierto: “Maradona, un acordeón tocado por un ángel.” Conforme: el ángel del verdadero fútbol. Ese fútbol de Diego es la aspiración de una pierna ardiente, que busca en el arte la realización de sus deseos... Siéntese fútbolero, vamos a analizar a Diego.
Es difícil describir las características de Diego, para ello voy a citar una gran verdad escrita por Juvenal en El Gráfico: “La diferencia entre el genio y el talentoso es que este último realiza a la perfección lo que ya está inventado, en tanto que el genio inventa lo que no existe. Un talentoso resuelve donde es difícil resolver y puede hacerlo de forma brillante. Un genio resuelve lo que no se puede, razonablemente, resolver. Por eso, Maradona fue un permanente generador de sorpresas, un admirable fabricante de lo inesperado, lo distinto. Señaló goles pateando casi desde el corner, jugando con lo que esperaba el arquero apelando a la lógica: “Ese tipo, desde allá, no me puede patear...”. Y ese tipo, sorpresivamente, pateaba al arco y la metía. Al servicio de esa genialidad para imaginar, resolver y ejecutar -todo en una fracción de segundo- Diego entregó su virtuosismo, su enorme facilidad técnica. Lo hizo con generosidad y buen gusto. Sobre todo, con amor. A la pelota, al juego, al público y al espectáculo”. Es cierto, Maradona fue un genio, tuvo, tiene y tendrá la pierna más talentosa de toda la historia, pero además tiene el don del invento. Yo lo he visto inventar, con esa pierna, con una gran creatividad e imaginación, jugadas imposibles, como, tirar un centro en donde no hay lugar para hacerlo, tirar centros de rabonas con una precisión sorprendente, goles imposibles para un simple mortal, tiros en los palos o que pasaron muy cerca y no pudieron concretar goles que hoy serían recordados como de los mejores en la historia (como aquella jugada en Wembley en 1979, o una contra Colombia por las eliminatorias del ‘85 que pasó muy cerca, o tantas otras con la camiseta del Napoli), etc. Otra característica de Diego es la potencia con la que se sacaba de encima a varios defensores. A sus rivales se les hace imposible marcarlo: si a su gran técnica en la gambeta le sumamos la fuerza y velocidad en la carrera es totalmente imposible. Por eso el peor pecado que se puede cometer con Diego es dejarlo arrancar, una vez en velocidad es imposible frenarlo lícitamente. De esa dificultad para marcarlo hablo Gentille después de México 86, quien pasó a la historia como uno de los jugadores que más violentamente lo marcó: “Diego es imparable. Un descuido y uno ya tiene un gol en contra. Para quitarle rendimiento la única forma es no dejarle tocar la pelota”, esto afirma lo que djimos anteriormente sobre la imposibilidad de anularlo en carrera con la pelota en los pies. También agregó: “su marcador tiene que estar ciento por ciento físicamente y no tener una sóla distracción en todo el partido. De lo contrario le será fatal. Otra forma es lo que hicieron los alemanes, esperarlo escalonadamente. Per le quita tres jugadores a un equipo y, así y todo, un pase de Diego que vaya a saber de dónde lo sacó, lo dejó sólo a Burruchaga. Marcarlo en zona es la muerte, como le pasó a Bélgica e Inglaterra. Por eso, repito, la única forma para frenarlo es hombre a hombre, pero con decisión, rápidez de reflejos y los ojos bien abiertos los noventa minutos. Si los cerrás un segundo, Diego te transforma una jugada en un gol genial. Sus marcadores apenas pestañearon. Y eso contra Diego está prohibido hacerlo”. Tiene razón Gentille, contra Maradona no basta estar con el cuchillo apretado entre los dientes 89 minutos y 50 segundos. Porque en diez tic-tac es capaz de hacer un desastre. Ni hablar de su capacidad goleadora, lo que pasa es que Diego si bien no fue un goleador nato, como podría serlo Gabriel Batistuta o Martín Palermo, con sus características se le hace más fácil estar continuamente amigado con la red lo cual produce que tenga la misma capacidad goleadora que estos dos grandes goleadores que se diferencian con el Diez en su evidente falta de técnica; el haber sido varias veces goleador en el fútbol argentino e italiano demuestran esta teoría. Los goles siempre formaron parte de su gran trayectoria. Incluso hasta hace poco -antes de la aparición del gran goleador Batistuta- era el máximo goleador argentino en la historia y también en los mundiales, también es el único jugador que salió 5 veces goleador del fútbol argentino, 1 del italiano, y es el máximo goleador de toda la historia de Argentinos Juniors. Aunque no haya tenido como tarea específica esa responsabilidad. Pero su talento era tan ilimitado que, sin ser específicamente hombres de área, se las ingeniaron infinidad de veces para dejar la pelota envuelta en la red. Como si esto fuera poco, Diego hace jugar al resto del equipo. Maneja el juego, crea las jugadas, maneja los tiempos y asiste varias veces por partido a sus compañeros con un pase-gol o con jugadas en donde queda claro que no tiene nada de egoísta. Además nadie duda de que es el ídolo, líder y referente total e indiscutido en todos los equipo que jugó, simplemente por eso, por jugar. Cuantas veces se habrá visto eso: el puño cerrado, la imagen ganadora que paseó por los distintos equipos en los que jugó. Siempre anteponía los intereses del plantel a los personales, siempre dando la cara por sus equipos. Fue totalmente determinante en todos los equipos que jugó, esto quedó demostrado cuando Diego quedó afuera de E.E.U.U., Argentina lo sintió y quedó eliminada (y eso que tenía 34 años). Cuando nos quitaron a Diego de ese Mundial, la Selección fue cómo un circo sin payaso. Le faltaba el alma. También pasó algo parecido con el Nápoli, desde que se fue el equipo atravesó varias crisis que desembocaron en la realidad de hoy: el Nápoli compitiendo en Segunda División. Él representa un 80%, 90% de sus equipos, él es el eje de la rueda, si la rueda no tiene el eje, no va. Siempre liderando los grupos que integró, siempre contagiando fervor y ganas, siempre con hambre de gloria por más vueltas olímpicas que hubiera dado. Quién no recuerda sus sentidas lágrimas luego de la final de Italia ‘90, cuando ya había sido campeón del mundo y poca gloria le quedaba por ganar. Un ganador indiscutible. Pero, en un plano estrictamente futbolístico no quedan dudas de que que fue una enorme ventaja para cualquier equipo, capaz de marcar un tremendo desequilibrio, totalmente decisivo. Por las monstruosidades que hizo con la pelota fue una bendición para cualquier equipo. Y especialmente por dos razones: es un motivo constante de preocupación para el rival, y cada aparición suya hay que medirla por situación de gol. Y encima le agregamos todo lo extra-futbolístico que puede brindar, todo lo que transmite en sus compañeros, el temor de los rivales, etc., no quedan dudas de que fue el mejor. Nadie lo dude: el mejor de todos los tiempos.
Las virtudes de Diego se dividen en dos -como podrá haber notado-, las futbolísticas y las extrafutbolísticas -más relacionadas a un plano psicológico-. Por un lado la que estaba a la vista de todos: esa zurda maravillosa que sacaba conejos de la galera, haciendo goles memorables, devolviendo la pelota redonda hasta cuando le tiraban un ladrillo, o inventando jugadas que no están en nigún manual de fútbol. Pero, por otra parte, tenía un gran mérito que no se veía desde afuera: cuando contagiaba con entusiasmo a sus compañeros y se cargaba el equipo al hombro, pidiéndola en los momentos difíciles, agrandando a sus compañeros y achicando a los contrarios con su sola presencia. Comenta Valdano: “Tiene la capacidad o la habilidad para aparecer en el momento justo: con las piernas o con la palabra. Con las piernas, en esas jugadas maravillosas, poco creíbles para los que acompañamos desde ahí, cerca de él, dentro de la cancha. Con la palabra, en esos momentos en que cualquiera necesita un apoyo, un aliento o nada, sólo esa palabra”. Y Valdano lo sufrió en carne propia eso de animar con la palabra, valga la anécdota: En el partido contra Bélgica en el ‘86, al cabo de una de sus más fantásticas maniobras, arrancando por la derecha y llegando al fondo contra Bélgica, le sirvió un gol hecho a Valdano. Jorge llegaba lanzado desde atrás y levantó el tiro con todo el arco a su disposición. Después explicó: “Cuando uno falla un gol así, tiene ganas de matarse. Pero yo estaba en el ángulo derecho del área grande argentina cuando partió el contrataque. Piqué hacia adelante porque tengo alma de delantero. Vi que el Vasco le cruzaba la pelota a Diego y yo sé que cuando Diego arranca por la derecha es mortal. Ese arranque puede terminar en una situación de gol. Entonces aceleré. Llegué muerto, porque había picado más de setenta metros. No pude frenar ni medir el remate y la mandé por arriba. No quería mirar a nadie. Cuando por fin lo miré a Diego, vi que me aplaudía. Eso me reanimó. Y más todavía cuando se acercó, me palmeó y me dijo: “Un jugador que pica setenta metros para acompañar a otro tiene derecho a perderse ese gol y varios más...” ¿Se da cuenta? Ese es Maradona. Por eso es el más grande...”
Un genio del fútbol como Maradona demuestra que no basta la habilidad física, sino que se requiere de una variedad de virtudes que van de lo meramente corporal a condiciones espirituales. “No, no basta habilidad. Un gran campeón como usted es la mejor prueba. Se necesita talento, inspiración, rapidez mental y clara fortaleza física y espiritual. Firme, pues Diego no desmaye, esté junto a sus camaradas. He vivido el amor de equipo en mis tiempos y si puede seguir jugando, no deje de hacerlo”. Fragmento de la larga carta Ernesto Sábato a Diego después del Mundial ´94, el 6 de julio más precisamente.
Maradona es de los que entienden -y lo llevan a la práctica, no se quedan en el verso facilista y meloso del tiempo de las pasiones flamígeras- que, si es necesario, hay que entregarlo todo por amor. Y así hizo él, lo dio todo por nosotros.
Cuando Diego faltaba en algún partido, entrenadores, compañeros e hinchas se sentían desamparados. “En el 81 los rivales jugaban más sueltos si no estaba Maradona”, die Marzolini. “Incluso después del Mundial de Italia”, refuerza Giovanni Galli, “cuando Diego arrastraba dolores en la cintura y en el tobillo y jugaba al 50 por ciento de sus posibilidades, arrancábamos los partidos con ventaja”. Maradona desnivela los valores de cualquier equipo. Es el que desata el rayo, el que fabrica el trueno.
Maradona ha llenado con su juego, a menudo mágico, muchas páginas brillantes del fútbol mundial. Habilísimo malabarista, Maradona tuvo en su pierna izquierda y en su velocidad mental para percibir lo que acontecía en todo el campo y, sin demora, generar jugadas inverosímiles, las palancas que lo impulsaron a la cima de la fama deportiva. Su habilidad para la gambeta, su presición en las habilitaciones de media y larga distancia y un espíritu de lucha inclaudicable sirvieron de pedestal para una voracidad goleadora.
Su nombre civil es Diego Armando Maradona; las cinco letras que lo proyectaron hacia la cumbre más elevada de la admiración mundial fueron Diego. Y bautizaron a un genio futbolístico que tuvo mucho de fantástico, de irreal. Arquetipo de talento y habilidad, creador insigne, en el que se amalgaban, entre otras cosas, como si fuera obra de orfebre, destreza, picardía, intuición, ubicuidad y, como si estos atributos fuesen pocos, una efectividad singular. Maradona gestaba avances, pero también los terminaba en la red contraria. Los videos atesoran sus mágicas jugadas, sus goles inverosímiles, sus gambetas fantásticas, sus pases asombrosos. Ante este desborde incomparable del máximo genio mundial que el fútbol ha producido en toda su historia, resultan ridículas las comparaciones que interesadamente se han trazado entre Diego y otros futbolistas. Artistas del fútbol de la estirpe de Diego aparecen muy espaciadamente; ante su deslumbrante begaje de recursos, surge la duda: ¿alguna vez alguien se le aproximará?
Supo de la magia de hacer de la pelota, a la que dominó por presencia y por amor, un objeto obediente a todos sus deseos. Tirando al arco la colocaba sutilmente lejos de las ansias de los arqueros rivales. Además de saberlo todo, era capaz de inventar todo. Así convirtió incontables goles a lo largo de su carrera. De paloma, de chilena, de taco, de caño, con gambeta larga o gambeta corta.
Poseía un excepcional control de la pelota. Su repertorio de movimientos a la hora de recibir el esférico constituye, por sí solo, todo un espectáculo. Tiene una precisión y un dominio únicos. Parece que la pincha cuando le llega la pelota por lo alto y la toca con la punto del pie como si fuera la picadura de una cobra. También parecía que tenía un colchón cuando la dejaba muerta en el pie o cuando la bajaba de pecho. Conducía la pelota brillantemente, dueño de gran polivalencia y versatilidad. Maradona tenía un magnetismo innato con la pelota, encaraba al rival y lo “expulsaba” de la jugada a través de uno o varios amagues que le hacen perder el equilibrio y la posición. Si lo combinamos con su velocidad y ritmo, suponía un arma vital para cualquier equipo. Fue el máximo exponente de la gambeta, un especialiste en “marear” a los defensores rivales desplegando un amplio repertorio de amagues. Era capaz de realizar las gambetas y los amagues más inverosímiles en un par de baldosas. Ingenioso, vivía inventado sobre la marcha, inventaba trucos por el camino. Totalmente prestidigitador: habilidoso hasta la médula y casi chaplinesco en el modo burlón de desconcertar al rival. La habilidad de Diego fue incomparable, con un dominio excepcional, cómo ya dijimos, y una gran coordinación de movimientos. El jugador con más técnica de la historia. Capaz de practicar un fútbol de etiqueta, con el virtuosismo en su máxima expresión. Con toda clase de jugadas de lujo siempre apreciadas por el público, siempre las hacía para beneficio del equipo. Lujo siempre útil, como la rabona que la usó siempre como solución a un problema. Además, era un excelentísimo rematador, también el mejor de la historia: las metía de cualquier manera, por arriba, sin ángulo, con apena tocarla, por abajo, de cerca, de lejos... siempre utilizando su prodigiosa técnica individual.
Este hombre sencillo de Fiorito dijo adiós. Este futbolista que agotó los adjetivos para dimensionar su porte de “extraterrestre” colgó los botines. Es cierto Maradona ya se fue. Pero todavía sigue siendo el número uno. Es más, viendo lo que hizo, se puede asegurar que siempre lo será. Ahora el hombre puede dormir tranquilo. Difícilmente haya alguien tan grande como él...
Insistimos: una zurda impredecible, el coraje a prueba y un talento sin fornteras. Una gambeta endiablada, ese manejo perfecto de la pierna izquierda, siempre dispuesta a improvisar -aun con la pelota parada-, y una altísima moral ganadora fueron las principales armas con las que deslumbró al mundo. Pero hay que profundizar en esto último, Diego daba la vida por el triunfo y, por consiguiente, por el bien del equipo. Y cuando no, sentía la derrota, la sentía de corazón. Cuenta Gallego: “Diego era tan bueno que cuando el equipo perdía o las cosas andaban mal se caía anímicamente, por su gran sentido de la responsabilidad. En la cancha no. Ahí podía ir perdiendo tres a cero que no se rinde, venía y te decía: “Vamos, vamos que este partido lo ganamos”. ¿Cómo se lo define, en término de ubicación en la cancha: mediocampista, volante ofensivo, delantero? Para qué hacer tantas consideraciones, si no hay dudas en que fue el más grande jugador de fúbol que dio la historia. El sinfín de menciones no puede ni debe hacer olvidar la magia de su zurda, la enorme capacidad para ganar en el pique corto, la rapidez mental para para anticipar las jugadas y ganarle a la marca cuando nadie lo aguardaba. Creador de las piruetas más inverosímiles, capaz de resolver las situaciones más difíciles de la manera más sencilla, gran capacidad para dirigir a sus compañeros con la autoridad de los jugadores superlativos. Al futbolista Diego Maradona todos los que amamos este deporte le estaremos eternamente agradecidos por todo lo que desparramó en una cancha.
Diego es belleza, virtuosismo, elegancia, armonía, plasticidad, arte. Se podría decir que hecho a la medida de lo que históricamente se ha dado a llamar “paladar del hincha del fútbol”. Eso es Diego. Un segundo de distracción del adversario, es la carta de defunción del equipo que está enfrente. Todo es obra del actor. Y Maradona se robó la función. Ese mérito no se delega. Es propia. Tan propio como el estigma de sus golazos quemando la piel ajena.
Eso es Diego. El mejor. Indiscutido. Inigualable. Irrepetible. Único. El más importante. Talento incomparable. Era un equipo dentro del equipo. Podía ganar un partido él sólo. Pero siempre se entregó abiertamente en favor de los otros diez en cada partido. Diego era una gambeta continua, una pluma con varios filos que dibujaba trazos finos y gruesos a pura velocidad y sin margen de error. Ese pie zurdo enviaba encomiendas perfectas a cualquier distancia y sin riesgo para el destinatario. El es el responsable de los duendes de la magia, de la genialidad. Aunque responsable sea una palabra demasiado seria para tanta alegría. Clase, categoría, sutileza, calidad, inteligencia, excelencia, dúctilidad, sabiduría, fineza, riqueza técnica, brillantez, fantasía, espectáculo puro, la magia, el genio, el máximo, la habilidad, el artista, el ingenio, ágil, astuto, creador, cerebral y preciso, luchador, dinámico, la chispa, la fuerza, la sorpresa, sabe exactamente cuales son los objetivos de sus equipos por la gran claridad que tiene para ver la realidad, es el mito, la llama, la picardía, representa la alegría misma y es capaz de emocionar hasta el más duro, carisma, humildad, generosidad, dominio técnico y sicológico, destreza, es decisivo, audaz, atrevido, oportuno, osado, eficaz, imprevisible, frenético, buen gusto futbolístico comparable al más fino y armonioso, inconformista, suprema jerarquía, el respeto de los rivales, preocupación por su presencia, personalidad, experiencia, amor al gol, vitalidad, energía, todo en él era privilegiado -cómo dijo Clarín: “Pocos jugadores tuvieron ese tercer ojo en la nuca para tocar sin mirar pero sabiendo que alguien aparecería. Diego tuvo un tercer ojo, conectado a “dos” cerebros y alimentado por un corazón de tres cuerpos”-, gran convicción, jugador sin freno, voluntad inquebrantable para defender la camiseta, etc; son otros de sus magníficos atributos. Pero además -y sobre todo- es un ganador, consiguió todo en el fútbol, es un insaciable coleccionista de títulos. Pero las emociones no se miden por eso, nada más. A la gloria la alimentan los goles, las jugadas, el brillo individual al servicio del conjunto. Maradona tuvo todo eso. Y es un campeón con todas las letras. Un ganador incuestionable e indiscutible. Salud Maradona. Salud. Excelente rematador -con pelota parada o en movimiento, lejos o cerca del arco, con comba o recto, para asistir a un compañero o para definir él, tenía una gran efectividad. Recuerda Hugo Gatti: “Cuando había un tiro libre cerca del área y enfrente estaba él, chau. Era medio gol”. Este es otro punto que lo diferencia con Pelé, no hubo nunca un jugador que le pegue a la pelota como Diego. Pelé, en cambio, no era siempre el ejecutor de tiros libres porque tenía compañeros que le disputaban el lugar (otra demostración de que Pelé estuvo mejor acompañado que Maradona)-, excelente cabezazo -nunca ponderado para un hombre que además medía 1,60 m, pero realmente dominaba la técnica del cabezazo y convirtió más de un gol. Lo que pasa es que casi no cabezeaba, ya que por lo general tiraba los centros o buscaba los rebotes para definir, las pelotas de aire prefería resolverlas con los pies pero no se puede decir que no tenía cabezazo-, excelente visión del juego -el panorama que tenía era extraordinario, tenía toda la cancha en la cabeza. La muestra más clara fue cuando en la final de México 86, recibió la pelota de espaldas al arco adversario, giró y lo dejó solo a Burruchaga para que definiera el partido-, excelente recursos, excelente determinación, excelente recepción, excelente valentía, excelente uso del cuerpo, excelente defensa de la pelota, excelente gambeta -fue su principal arma, encaraba a los rivales y los desairaba con facilidad. El gol que le hizo a Inglaterra en México 86 es la demostración más clara de su capacidad para eludir rivales-, excelente combatividad, excelente velocidad, excelente potencia -potencia física y temperamental, potencia para arrancar, potencia para arrearse adversarios, potencia para entrar en la zona quemante del área penal-, excelente capacidad atlética -¿o acaso no tenía un físico privilegiado?, podía estar varios meses sin entrenar y volver con pocos días de preparación-, excelente conducción, le sobraba talento para clarificar los avances con una sencilla pausa o también con un pase milimétrico en el instante preciso, elegía bien. Sabía que tenía que hacer en un sitio (el área) donde la mayoría se nubla y choca. Excelente despliegue, excelente manejo, excelente toque, excelente solidaridad, excelente definición. Excelente jugador, lo que se dice “completo”. Nombrarlo y maravillarse con sus goles supone abrir la historia del fútbol en su página más brillante. Siempre fue el factor desequilibrante por su empuje, su coraje y el tremendo peso de su magia. Talentoso singular y una vocación irrefrenable por el fútbol, creativo, agudo, punzante, vivísimo explotador de espacios vacíos y cuando no encontraba de estos, los fabricaba al limpiar la zona ocupada con su increíble genialidad. Facilidad para imaginar maniobras sorpresivas, eso era: imaginativo y repentista a la hora de inventar jugadas que no existían y dueño de una habilidad única para el juego corto, ese que se genera, desarrolla y define sobre una moneda de diez guitas. Eso: gran talento para resolver situaciones en espacios reducidos. Destreza para meter caños frontales o laterales, también juego de cintura para desequilibrar adversarios, juego de cintura y arranque en velocidad, astucia para meter el dribbling incontrolable sin frenar la marcha, clarividencia para amontonar rivales y desmarcar compañeros, de modo que con un simple toque servía medio gol en bandeja. Siempre merodeando el área rival, el lugar más intrincado de la cancha, en el que muchos se les nubla la vista y en el que él, contrariamente, se siente más a gusto que en cualquier otro lado. Siempre se mostrará dispuesto a apretar el gatillo en el momento adecuado, a centrar la vista en el objetivo más deseado: el arco. Clase para buscar ese arco en el instante exacto, poniéndola de cuchara o de cachetada en esos rincones que están invariablemente prohibidos para los arqueros. También tenía un freno increíble, clavaba los tapones en plena carrera para que los rivales pasaran de largo, y sobre el freno, partida instantanea y certera, tan rápida que parecía que no había frenado, que todo era un mismo movimiento. Sí, eso era: fantásticamente habilidoso, de disparo preciso, de toque lujoso, de definición explosiva. Un crack sin vueltas. Sin él, el fútbol no tiene razón de ser. También autor de goles decisivos, aparecía siempre pero cuando su equipo lo necesitaba estaba ahí más que nunca, demostrando que la cinta de capitán no le podía quedar mejor. Suya fue la gloria. Suya es la corona. Guía dentro del campo, no cualquier creador de juego. Manejaba el equipo tanto adentro como afuera de la cancha. Caudillo, hombre-símbolo. Un símbolo grande. Siempre fue el equipo. Es el ídolo al que la gente adora, persigue, grita. Y ése fue Diego Maradona. El potrero se dibuja en sus gambetas, en su andar displicente, en sus brazos en jarra cada vez que su equipo pierde la pelota. En todo. En suma, es un producto genuino del potrero. Sabía ordenar al equipo, manejar los tiempos de un partido, sabía cuándo había que presionar y cuándo esperar. Sabía aclarar confusiones y problemas en el equipo. Diego era un verdadero técnico dentro del campo. El hombre podía manejar -por todo lo que irradiaba su figura- las inquietudes del plantel y canalizar también sus broncas, tenía ese feeling tan particular para conducir, armonizar y convencer a un grupo de futbolistas, sobre todo en momentos en los que las cosas no salían del todo bien. Pero más allá de todo esto, la influencia de Diego también resultaba vital por la confianza que sabía irradiar. Diego era una aspiradora de presiones, como un papel absorvente chupaba todas las presiones del resto del equipo y les pemitía jugar más libremente. No se puede pretender algo mejor para un equipo, no se puede jugar mejor al fútbol. Su fútbol hace que sus equipos tengan la misma insobornable adhesión a una manera de sentir y expresar la belleza del juego. Ese que intenta concretar las tres “G” -gustar, ganar, golear- de un fútbol que deleita a las tribunas y explota en la red. En Diego Armando Maradona se condensa todo lo que tiene de arte y juego, de ingenio y de travesura, de riqueza técnica y de concepción profunda, de habilidad y potencia, de individualismo volcado en favor del equipo y de sutileza destinada a herir ahí donde más le duele al adversario, el estilo clásico del jugador argentino. Sabe todo pero también inventa todo. Hace fácil lo más difícil, y además, sorprende. Crea, resuelve y ejecuta en cualquier lugar de la cancha. En todos sus goles hay un destello de alegría. Es mucho más que un implacable realizador. Es mucho más que un gran artista de la pelota. Es mucho más que un admirable jugador de fútbol. Es un genio. Diego Maradona significó un toque de distinción desde que se dio a conocer. El Diego fue todavía algo más que un genio: fue el fútbol mismo.
Pero si de describir a Maradona se trata, vamos a exponer la idea de Mario Vargas Llosa, célebre novelista peruano, quién, cierta vez, comentó las particularidades de Diego en El Gráfico con una elegancia excepcional y un punto de vista muy excéptico:
“Después del partido de Argentina, que el pequeño astro iluminó de principio a fin con el fuego de artificio de su sabiduría, ya nadie le pone duda: Maradona es el Pelé de los años ochenta”. -Permítanme una breve interrupción. Mi querido Mario te has confundido, es al revés: Pelé es el Maradona de los años sesenta. No importa el orden cronológico de la aparición de estos dos genios, la jerarquía es lo que pesa- “¿Un gran jugador? Más que eso: una de esas deidades viventes que los hombres crean para adorarse en ellas. Al argentino le toca ser la personificación del fútbol, el héroe en quien este deporte se hace cifra y emblema.
Maradona es un mito porque juega maravillosamente, pero también porque su nombre y su cara se graban en la memoria al instante y porque, por una de esas indesifrables razones que no tienen nada que ver con la razón, de entrada nos parece inteligente y nos cae simpático. ¿Tiene algo que ver esa impresión con su estatura? En los partidos, viéndolo operar entre esos altos y fornidos defensas que se relevaban con patética ineficacia por contenerlo, uno tenía la alentadora impresión de que hay una justicia inmanente, de que también en el fútbol es cierto eso de que más vale la maña que la fuerza, de que lo que cuenta, a la hora de patear la pelota, no son de ningún modo las patas, sino la fantasía y las ideas. Sin embargo, a pesar de su escasa estatura, Maradona no da la sensación de ser frágil, sino alguien fuerte y sólido, acaso por esas piernas robustas, de músculos salientes, que resisten sin menoscabo los encontrones de los defensas adversarios, no importa cuán altos y fuertes sean. Esa cara de muchacho soñador, ingenuo, lleno de buenas intenciones, le sirve de maravilla para engatusar a los desmoralizados bípedos encargados de cuidarlo, porque lo cierto es que, a la hora de jugar recio, también sabe hacerlo y con un ímpetu que se diría incompatible con su físico.
No es fácil definir el juego de Maradona. Es de tanta complejidad que, en su caso, cada adjetivo necesita una apostilla, una matización. Su eficacia es tan rotunda cuando lanza, desde ángulos inverosímiles, esos disparos potentísimos hacia el arco, o cuando, mediante un pase escueto y preciso como un teorema, pone en movimiento una irresistible operación ofensiva, que sería injusto no llamarlo espectacular, un jugador que toma un partido como una exhibicón de genio individual (o un “recital”, como dijo un crítico, con excelente puntería, de su desempeño).
El estilo de Maradona traumatiza esa división que creíamos válida entre un fútbol científico, típico de Europa, y un fútbol artístico, de estirpe hispanoamericana. El delantero argentino parctica ambas cosas a la vez y ninguna de ellas en especial, es una curiosa síntesis en que la inteligencia y la intuición, el cálculo y la inventiva se apoyan contínuamente. Igual que en su literatura, Argentina ha producido un estilo de fútbol que es la manifestación más europea de los hispanoamericano.
Los pueblos necesitan héroes contemporáneos, seres a quienes endiosar. No hay país que escape a esta regla. Toda sociedad siente esa urgencia irracional de entronizar ídolos de carne y hueso ante los cuales quemar incienso. Políticos, militares, estrellas de cine, deportistas, cocineros, “play boys”, grandes santos o feroces bandidos, han sido elevados a los altares de la popularidad y convertidos por el culto colectivo en eso que los franceses llaman con buena imagen los monstruos sagrados. Pues bien, los futbolistas son las personas más inofensivas a quienes se puede conferir esta función idolátrica.
El culto al as del balompié dura lo que su talento futbolístico, se desvanece con éste. Es efímero, pues las estrellas de fútbol se queman pronto en el fuego verde de los estadios y los cultores de esta religión son implacables: en las tribunas nada está más cerca de la ovación que los silbidos.
Es también el menos enajenante de los cultos, porque admirar a un futbolista es admirar algo muy parecido a la poesía pura o a una pintura abstracta. Es admirar la forma por la forma, sin ningún contenido racionalmente identificable. Las virtudes futbolísticas -la destreza, la agilidad, la velocidad, el virtuosismo, la potencia- difícilmente pueden ser asociadas a posturas socialmente perniciosas, a conductas inhumanas. Por eso, si tiene que haber héroes, ¡qué viva Maradona!”
Además de las características técnicas ya nombradas, Maradona tiene una valentía descomunal, le han pegado patadas terribles y el con tal de seguir teniendo la pelota en su poder seguía corriendo, aunque el dolor lo matara. Eso es verdaderamente tener huevos. También es valentía, cuando en los momentos difíciles se tiene que poner el pecho por su equipo y se lo saca adelante, siempre pidiendo la pelota, querer la pelota es una de las formas que tiene la valentía en el fútbol. Estos son los verdaderos conceptos de tener “huevos”. Y pensar que hay personas como Hernán Díaz que dicen por televisión que son unos machos bárbaros, y después cuando lo acarician se tira al suelo de una manera que parece que le hubieran apuñalado treinta y cinco veces. A él si que le queda bien la cinta de capitán, el da el ejemplo, como en todo el Mundial del ´90 cuando quiso jugar sin poder hacerlo. Diego siempre quiso jugar, sólo basta recordar la cantidad de partidos que no estuvo en condiciones de hacerlo e igual entró a la cancha haciendo mil maravillas; si no recuerden cuando nos llevó a la final del Mundial ‘90 con un tobillo destrozado o cuando en la Copa América ‘89 jugando lesionado metió un tiro en el travesaño desde mitad de cancha frente a Uruguay. Diego Maradona demostró más de una vez que además tiene la víscera más importante que tiene el fútbol. Se llama corazón.
Si algo sabemos que no tiene Diego es esa marca aguerrida, tan característica en los grandes defensores o volantes de marca, que entregan todo de sí para recuperar la pelota. No lo tiene, no porque no pueda sino que no está para eso, en el fútbol los talentosos están para desequilibrar de la mitad de cancha para adelante; no hacen el trabajo rústico de los, en general, falta de técnica. Sin embargo, es tanta su solidaridad, su compromiso con el equipo que ya lo hemos visto más de una vez haciendo ese trabajo, cuando no es necesario que lo haga. También en México 86 trabajó mucho a la hora de presionar la salida de los rivales. Eso beneficiaba al sistema táctico que se utilizaba. Se supone que Maradona fue contratado para ser algo así como el gerente del fútbol de sus equipos. Y Diego termina trabajando de cadete. Corriendo más que sus compañeros. Peleando balones divididos. Tirándose a los pies. Recuperando pelotas pérdidas para que otros la desperdicien. Realmente un absurdo. De eso también es capaz Diego, de sacrificarse para el bien del equipo.
Además, para completarla: fue un jugador con buen comportamiento, muy pocas tarjetas vio en su carrera. Su labor en la cancha fue limpia, como siempre. Y demostró que el único guante lo tiene calzado en su pie izquierdo. La caballerosidad con que Diego se bancaba que le pegasen fue impresionante. ÁTambién tiene fair play!. No reaccionaba ante las patadas, salvo raras excepciones. Y eso que soportó golpes de todo tipo. Pero